El silencio tiene dos caras: Sicariato en Perú y hostigamiento en Argentina
Por Nahuel Hidalgo
América Latina está perfeccionando formas peligrosas de apagar la linterna del periodismo. Lo que ocurre hoy en Perú y en Argentina parece responder a naturalezas distintas —una criminal y otra institucional—, pero el resultado es idéntico: una sociedad que camina a ciegas porque contar la verdad se ha vuelto una actividad de alto riesgo.
En Perú, la censura ha recuperado su forma más primitiva y letal: el sicariato. Tras años de relativa calma, el 2025 ha devuelto al país imágenes que creíamos superadas. Los asesinatos de Gastón Medina o Raúl Celis, y el reciente atentado contra Mitzar Castillejos, demuestran que en las regiones peruanas la bala ha reemplazado al debate. Allí donde el Estado es una ausencia, el crimen organizado ha decidido que matar a un periodista es más barato y efectivo que desmentirlo. Es la violencia “desde afuera”, la del gatillero que silencia denuncias de corrupción local.
Sin embargo, en Argentina, la violencia cambia de uniforme pero no de intención. Aquí no hay (por ahora) una estadística de sicariato contra la prensa, pero sí una violencia institucional que busca el mismo efecto: la autocensura.
El 2025 en Argentina se cierra con informes de organizaciones como FOPEA y SiPreBA que alertan sobre un aumento del 66% en los casos de represión y hostigamiento. Desde el Poder Ejecutivo, la estigmatización constante —tildando a periodistas de “ensobrados” o “esbirros”— crea un campo de tiro simbólico. A esto se suma el hostigamiento digital coordinado, las restricciones al acceso a la información pública y la represión física en las calles, donde cubrir una protesta se ha convertido en una “cacería” de reporteros gráficos.
La comparación necesaria
Mientras en Perú el periodista teme por su vida al salir de la radio, en Argentina el periodista teme por su integridad legal, su reputación y su seguridad física ante fuerzas estatales.
- En Perú, la impunidad del crimen organizado envalentona al asesino.
- En Argentina, la violencia discursiva desde la cima del poder envalentona al agresor en la calle y al troll en la red.
Ambos modelos son igual de efectivos para vaciar de contenido a la democracia. En Perú se mata el cuerpo del periodista; en Argentina se intenta matar su credibilidad y su sustento. El exilio reciente de la periodista riojana Manuela Calvo —tras años de persecución judicial y amenazas— es el recordatorio de que Argentina también puede expulsar a sus comunicadores si la presión institucional se vuelve asfixiante.
No se trata de medir qué dolor es más intenso, sino de entender que la libertad de prensa es un cristal que se rompe por igual con una bala que con un decreto o un insulto presidencial. Si el periodismo regional no reacciona ante esta pinza de violencia criminal e institucional, el 2025 será recordado como el año en que el Cono Sur decidió que la verdad ya no era necesaria.
