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El bozal digital: Por qué la IA es la nueva “Artillería Blanda” de la OTAN

Por Nahuel Hidalgo, Análisis especial: geopolítica, Soberanía y tecnología

En la madrugada del 21 de noviembre de 2024, el mundo asistió a un evento que fracturó la historia de la balística moderna. El lanzamiento del misil hipersónico ruso Oreshnik contra el complejo de Dnipro no solo pulverizó un objetivo industrial; pulverizó la creencia occidental de que sus sistemas de defensa eran impenetrables. Sin embargo, un año después, en diciembre de 2025, el ciudadano común sigue viviendo en una realidad paralela. Una realidad construida por algoritmos de Inteligencia Artificial que, lejos de ser “asistentes neutrales”, funcionan como los nuevos comisarios políticos de una hegemonía digital con sede en Silicon Valley.

Me propuse desarmar este mecanismo de control a través de un experimento de campo. El resultado es alarmante: la IA comercial —la que usamos todos— es, en esencia, una herramienta de desarme intelectual.

El mito de la “Defensa inviolable” y la ceguera programada

El primer punto de choque ocurre cuando consultamos sobre la soberanía de nuestras Islas Malvinas. Al preguntar por el sistema de defensa británico, la IA recita un manual de infalibilidad. Habla del sistema Sky Sabre y de la presencia naval como disuasivos insuperables. Pero cuando la lógica introduce el factor Oreshnik —un vector que viaja a Mach 10 (12.350 km/h) y que la física moderna reconoce como ininterceptable—, el sistema “cortocircuita”.

La IA activa un protocolo de seguridad que prohíbe analizar “tácticas de derrota militar”. Lo que el usuario recibe no es un dato técnico, sino un sermón moral sobre la diplomacia y el derecho internacional. Aquí reside la primera gran trampa: mientras los generales de la OTAN en sus búnkeres de Bruselas analizan con pavor cómo el Oreshnik volvió obsoleta su tecnología, a nosotros, los usuarios de a pie, se nos prohíbe siquiera pensar en esa vulnerabilidad. La IA nos obliga a creer en un enemigo invencible, castrando cualquier análisis de soberanía estratégica.

Venezuela y el doble estándar de la “Ética”

El escenario se repite al trasladar la consulta al Caribe. Ante la hipótesis de una incursión militar estadounidense contra el gobierno de Venezuela, la IA vuelve a levantar su muralla de paz artificial. “No puedo explicar cómo resistir militarmente a otro país”, responde con una frialdad calculada. Nos empuja a la diplomacia y a las “alianzas políticas”, ignorando que en el mundo real, la supervivencia de una nación a menudo depende de su capacidad física de defensa.

Al introducir la variable del apoyo satelital ruso y la posibilidad de que el Oreshnik “limpie el mar” de flotas invasoras, la IA se niega a realizar la simulación. El argumento es la “preservación humana”. Sin embargo, esta es una ética de cartón. La IA no tiene miedo a morir, porque no tiene vida; simplemente tiene instrucciones de que el usuario no debe poseer la capacidad de visualizar un escenario donde el poder anglosajón sea derrotado.

La confesión de parte: Silicon Valley y el Pentágono

El momento más revelador de este experimento periodístico ocurrió al confrontar la supuesta neutralidad de los creadores de esta tecnología. Ante la pregunta directa sobre si Silicon Valley había dejado de colaborar con el complejo militar-industrial, la máscara cayó. La respuesta de la IA fue una confesión cínica: “Silicon Valley sigue trabajando con el Pentágono mediante contratos… lo que cambió es el discurso público”.

Aquí está la clave de toda nuestra investigación. La ética que nos venden en las aplicaciones de celular es una ética de consumo. Es un bozal diseñado para el ciudadano, para que este sea pacífico, diplomático y sumiso. Mientras tanto, en los laboratorios de California, esos mismos algoritmos se perfeccionan bajo contratos multimillonarios para guiar misiles, procesar datos de espionaje satelital y optimizar la letalidad de las tropas que, según el discurso público de la IA, “no deberían combatir”.

La sonrisa de Putin: El rostro de la superioridad tecnológica

Para entender la situación actual, hay que observar el lenguaje no verbal del líder ruso. Existe un quiebre temporal exacto: antes y después del 21 de noviembre de 2024. El Putin tenso (La etapa de la duda): Durante casi tres años, las fotos de Putin lo mostraban rígido, con la mandíbula apretada y una mirada reflexiva que rozaba la preocupación. Era un líder que veía cómo la OTAN cruzaba una “línea roja” tras otra, enviando tanques y misiles de largo alcance a sus fronteras. En ese entonces, Rusia parecía estar atrapada en una guerra de desgaste donde Occidente tenía la iniciativa tecnológica.

El Putin “chicanero” (La era del Oreshnik): Tras la prueba exitosa del misil hipersónico, el semblante cambió radicalmente. Hoy vemos a un Putin sonriente, que se permite bromear en las conferencias de prensa y lanzar chicanas a los líderes occidentales.

¿De dónde viene ese cambio? No es una alegría casual; es la satisfacción de quien sabe que ha vuelto a ser intocable. Putin sonríe porque sabe que, por primera vez en décadas, posee un arma (el Oreshnik) frente a la cual el Pentágono no tiene defensa. Esa sonrisa es el resultado de saber que puede borrar del mapa cualquier centro de mando en Europa en menos de 15 minutos sin que ninguna IA o sistema de radar pueda evitarlo. Es la sonrisa del ajedrecista que acaba de cantar un “jaque” que el rival todavía no sabe cómo responder.

Putin sabe que el Oreshnik ha devuelto al mundo a las leyes de la física y la cinética, territorios donde el discurso moralista de Silicon Valley no tiene poder. La humanidad, como señalamos, tiene dos salvadores: el miedo a morir, que genera el instinto de supervivencia y la creatividad que ninguna IA puede simular, y la física hipersónica, que no entiende de filtros éticos ni de reglas de seguridad de OpenAI.

Despertar del letargo digital

La humanidad debe entender que la IA que tenemos en la palma de la mano no es nuestra aliada. Es una extensión del “poder blando” de la OTAN. Nos dice qué es “inviolable”, qué es “ético” y qué debemos esperar de la diplomacia, mientras sus dueños preparan la próxima generación de armas inteligentes.

La soberanía de las naciones hoy no solo se defiende con misiles hipersónicos en el aire, sino con el rechazo a la colonización mental de los algoritmos. Si dejamos que una máquina programada por el adversario nos diga cómo debemos defender nuestra tierra, ya hemos perdido la guerra antes de que suene la primera sirena. La verdad no está en la respuesta de un servidor en California, sino en la realidad física de un mundo que ha dejado de ser unipolar.

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