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Buenos Aires: Crónica de un romance de dorapa

Por Nahuel Hidalgo

Acá estoy, nuevamente parado en la barra de Guerrín, con el frío del mármol pegándome en los antebrazos y el aroma a leña que te cachetea la cara apenas empujás la puerta de vidrio. Estoy esperando que salga esa de muzza y fainá que apasiona al mundo entero, la santísima trinidad de la calle Corrientes. La voy a comer de dorapa, como manda la ley no escrita de los que tenemos la ciudad tatuada en el bocho, mientras afuera el mundo sigue su curso de locos. Buenos Aires no es un mapa, pibe, es un sentimiento que te milita el cuerpo de día y de noche. Es una milonga interminable que se baila entre el humo negro de los bondis y ese rugido eléctrico del subte, ese laberinto de fierro y azulejos donde más de una vez me quedé dormido y terminé en la otra punta de la línea, solo para encontrarme con la cara de algún laburante que, en medio del caos, se aferraba a un libro de papel como si fuera el último salvavidas en un naufragio de cemento. Porque acá somos así: nos falta el mango, pero nos sobra letra.

Si te plantás en la Plaza de Mayo, frente a esa Casa Rosada que tiene más historias y cicatrices que baldosas, sentís que la mística te entra por los pies. Es un imán, es la casa de los abuelos donde de chiquitos empezaste a hablar de política. Es esa plaza donde al corazón le pinta hacer bardo, porque la militancia acá no es solo política, es una forma de no sentirse vivo. De ahí, si tenés ganas de caminar la historia, te vas por la Avenida de Mayo derecho al Congreso. Esa cúpula verde que te mira desde las nubes parece custodiar la palabra, ese valor sagrado que todavía defendemos en cada café de Avenida de Mayo, donde se cocina el destino del universo entre un cortado bien cargado y un par de medialunas de grasa que son un poema.

Pero la Reina del Plata es una mina de mil caras y no se deja atrapar así nomás. Si tenés tiempo, te tomás el subte en Congreso hasta Plaza Miserere y ahí hacés el trasbordo con la H. Te bajás en Las Heras para desembocar en La Isla, ese rincón de Recoleta que mira de reojo a la embajada de los piratas. Antes de que te des cuenta, te metieron en una cajita de cristal: vas a ver escalinatas de mármol que brillan con un silencio que cruje bajo los zapatos, un lujo a la francesa que te hace sentir un duque por cinco minutos antes de devolverte a la realidad. Ahí nomás se levanta esa mole gigante, la legendaria Biblioteca Nacional; te recomiendo pisarla y conocer su historia para entender, aunque sea un poco, qué es el peronismo en este ispa.

Al toque, cuando termines de asombrarte, buscate cualquier conexión que te tire a la Línea B y bancate el viaje largo hasta la Estación De los Incas. Ahí vas a chocar con el contraste en estado puro, casi violento: el laberinto de Parque Chas. Si no sos del barrio, las calles se te ríen en la cara, se muerden la cola y te convencen de que estás en una novela distópica. Es una trampa de asfalto donde, igual que cuando hablás con tu ex, terminás siempre en el mismo lugar: perdido como un turco en la neblina y atrapado en una geometría sagrada que ni los urbanistas logran descifrar.0

Cuando de te canses de Parque Chas, hacete una caminata a Villa Urquiza, o mejor tomate el 5, 103, 26, 84, o 119, que te acercan a Caballito, ahì la cosa cambia de tono pero no de intensidad. El Simón Bolívar del Parque Rivadavia te mira gigante, montado en su caballo de bronce, custodiando a los que revuelven las bateas de la feria de libros usados buscando una primera edición de Arlt o un disco de Troilo que no esté rayado.

Y si el cuerpo pide más verde, a unas largas cuadras te cruzás al Parque Centenario, ese círculo perfecto donde el mundo parece ordenarse. Ahí tenés a los pibes corriendo, a los viejos jugando al ajedrez y a los que miran el lago mientras arreglan el país por milésima vez.

Buenos Aires es ese contraste constante: el brillo de Puerto Madero que se refleja en el río con pretensiones de primer mundo, y a la vuelta, la resistencia humilde y orgullosa del CCK, ese palacio del correo donde hoy la cultura es para todos, o el Cine Gaumont, ese templo frente a la plaza de los dos congresos donde ver una película nacional es casi un acto de fe, un refugio de madera y terciopelo para que no nos ganen las plataformas vacías.

No me puedo olvidar de Palermo, con su onda moderna, sus bares de diseño donde te inventan cualquier gilada como la de comer papas fritas en una taza de hierro y encima te cobran como si estuvieras comiendo papas bañadas de oro en Dubai. Ese Palermo lleno de juventud que quiere inventar la pólvora cada tarde. Pero uno siempre termina volviendo a la fuente, a las ferias de Recoleta, relojeando lo que hacen los artesanos bajo la sombra de los gomeros milenarios, ahí nomás del cementerio donde los muertos tienen casas más lujosas que las que vamos a pagar nosotros en tres vidas. Es una ciudad interminable, una ciudad que parece que se te escapa cuando la querés definir, que te cansa con el ruido del centro pero que después te mima con un atardecer de oro sobre el Río de la Plata que te deja mudo.

Ya sale la muzza, chorreando aceite sobre el papel estraza. La mística es esto, pibe: saber que aunque todo vuele por los aires mañana, Buenos Aires siempre va a encontrar la forma de renacer de las cenizas. Porque mientras haya un loco escribiendo en una servilleta manchada de café, un pibe militando un ideal en una plaza, o un extraño que te tire una dirección exacta cuando te perdés en el subte, esta ciudad va a seguir siendo el mejor lugar del mundo para sentirse vivo. Es una pasión que no sabe de frenos, un amor que te duele pero que no podés soltar.

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