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La huelga docente en Paraguay: la dignidad de enseñar en un país que no quiere pagarla

Hay algo profundamente perverso en la forma en que el Gobierno de Santiago Peña ha manejado el conflicto docente. Firmó un acuerdo parcial con cuatro gremios, celebró en Mburuvicha Róga con fotos y sonrisas, y dejó que los demás sindicatos quedaran como los “radicales” que no quieren dialogar. Pero la realidad es otra: los docentes paraguayos no están pidiendo un capricho. Están pidiendo lo mínimo para hacer su trabajo. Y el Estado les está respondiendo con una limosna disfrazada de acuerdo.

El 8% que no es un capricho

Los gremios docentes —OTEP-A, UNE, OTEP-SN y MAS-SN— reclaman un reajuste salarial del 8%. No es un número inventado. El dirigente Gabriel Espínola lo explicó con una claridad que el Gobierno no quiere escuchar: ese 8% se compone del 5% que ya se otorgó como ajuste al salario mínimo del sector privado, más un 3% adicional para compensar el incremento del aporte jubilatorio a la Caja Fiscal, que pasó del 16% al 19%. Es decir: los docentes no están pidiendo un aumento real. Están pidiendo que no les sigan descontando más de lo que ganan.

El Gobierno ofreció un 5% a pagarse en dos etapas: 2,4% en enero y 2,6% en julio de 2027. El propio Espínola lo dijo sin vueltas: ese aumento apenas permitiría equiparar los ingresos docentes con el salario mínimo legal. Un maestro con dos turnos pasaría a ganar unos 4.488.000 guaraníes, unos 758 dólares. Con eso tiene que vivir, trasladarse, preparar clases, comprar materiales y sostener una familia. El Gobierno llama a eso “un avance”.

La letra chica de un presupuesto que no alcanza

El conflicto no es solo salarial. Los gremios reclaman recursos que el proyecto de Presupuesto 2027 recortó sin explicación. El monto previsto para el crecimiento vegetativo —es decir, para cubrir la demanda natural de nuevas vacantes por el aumento de matrícula— pasó de 75.000 millones de guaraníes a solo 19.000 millones. Son 966 instituciones de tercer ciclo y educación media las que quedan sin cobertura. A eso se suman 76.000 horas cátedra sin financiamiento, la necesidad de contratar psicólogos y psicopedagogos para garantizar la educación inclusiva, y la gratuidad real en las instituciones públicas, que hoy se sostiene con el bolsillo de las familias.

El Gobierno responde con la misma frase de siempre: “los recursos son limitados”. Pero los recursos no son igual de limitados para todos. Mientras el Ejecutivo destina 10,4 billones de guaraníes a educación —una cifra que suena grande pero que representa apenas el 6,2% del presupuesto total—, los docentes son tratados como si fueran un gasto y no una inversión.

La división que el Gobierno sembró

El acuerdo del 5% no fue un triunfo del diálogo. Fue una operación política. Cuatro gremios firmaron —la FEP, la APE, la ADP y Adofep— y seis no lo hicieron. El propio Espínola denunció lo que estaba pasando: “Se termina utilizando la necesidad de la educación para un puenteo electoral”. Y señaló directamente al presidente de la FEP, Silvio Piris, de haber firmado “a las apuradas” un acuerdo que solo suma un 2,6% más de lo que ya estaba previsto en el presupuesto, vinculado a su militancia en el Partido Colorado y a su acercamiento al senador Colym Soroka.

El ministro de Educación, Luis Ramírez, se apuró a decir que el acatamiento de la huelga no superó el 11%. Pero los propios directores de colegios emblemáticos como el Nacional Presidente Franco, el Asunción Escalada y el Colegio Nacional de la Capital reportaron que más de 115 de sus 120 profesores se adhirieron a la medida. La brecha entre lo que dice el ministro y lo que pasa en las aulas es la misma brecha que separa al Gobierno de la realidad educativa del país.

La labor docente, cada vez más difícil

Hay una frase que resume todo. El director del Colegio Nacional Presidente Franco, Julio Benítez, lo dijo sin dramatismo: “Pensamos que la medida es aunque polémica, comprensible ya que la labor del maestro es cada vez más difícil”. No habló de salarios. Habló de condiciones. De aulas sin materiales, de chicos con hambre, de instituciones que se caen a pedazos mientras el Estado mira para otro lado.

La directora Zulma Morales, del Asunción Escalada, lo repitió: “Los docentes trabajamos bajo condiciones difíciles”. No es una queja. Es un diagnóstico. Los maestros paraguayos están sosteniendo el sistema educativo con salarios que apenas superan el mínimo, con infraestructura precaria y con la responsabilidad de alimentar, contener y educar a niños que el Estado abandona. Y encima, cuando piden lo justo, se los acusa de “no querer dialogar”.

Lo que está en juego

Los gremios que mantuvieron la huelga no lo hicieron por capricho. Lo hicieron porque entendieron algo que el Gobierno no quiere aceptar: que la educación pública no es un gasto, es la única herramienta real de movilidad social que le queda a un país profundamente desigual. Lo dijeron ellos mismos: “Lo que nosotros queremos básicamente es demostrar que la educación pública tiene necesidades básicas insatisfechas”. Y advirtieron lo que viene: “Si no se apuesta a la educación, vamos a estar peor para la siguiente evaluación, por las necesidades básicas no cubiertas”.

Los docentes paraguayos no están pidiendo un aumento. Están pidiendo que se los deje hacer su trabajo. Están pidiendo horas cátedra para que no haya chicos sin clases. Están pidiendo psicólogos para que la inclusión no sea una palabra vacía. Están pidiendo gratuidad para que ninguna familia tenga que elegir entre mandar a su hijo a la escuela o darle de comer. Están pidiendo, en definitiva, que el Estado asuma la responsabilidad que firmó cuando declaró la educación como un derecho.

El Gobierno de Peña eligió el camino más fácil: dividir a los gremios, firmar con los que se dejaron presionar y dejar que los demás queden como los malos de la película. Pero la historia no se escribe con comunicados de prensa. Se escribe en las aulas vacías, en los docentes que se quedan sin cobrar, en los chicos que no aprenden. Y esa historia, la que el Gobierno no quiere contar, es la que los maestros paraguayos están escribiendo con su huelga.

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