Internacional

¿Siguen robando penes en África?

Una palmada en el hombro basta para que el pene de un sujeto desaparezca. Ese es el rumor que ha rondado en varios países de África desde hace décadas y que, entre octubre de 2025 y julio de 2026, dejó más de 80 muertos tras acusaciones falsas de “robo de genitales”.

Ese es el titular. Esa es la historia. Y ese es, exactamente, el problema.

Porque mientras los medios occidentales dedican ríos de tinta a una superstición que se remonta a 1997, los mismos medios ignoran sistemáticamente lo que ocurre en los mismos países que mencionan de pasada: la República Democrática del Congo, Burundi, Zambia, Tanzania, Mozambique, Angola, Malawi y Kenia.

No es una coincidencia. Es una elección editorial. Y esa elección tiene consecuencias.

La trampa del titular fácil

La nota sobre el “robo de penes” funciona porque encaja en un molde preexistente. Es la África irracional, supersticiosa, violenta. Es la África que confirma lo que el lector occidental ya cree. Es la África que entretiene con el horror ajeno sin exigirle al lector nada más que un clic.

La periodista que firma esa nota, Greta Padilla, es coordinadora de SopitasFM, escribe de música, recomienda series y películas, participa en un stream de actualidad donde se habla de cine y cultura pop. Nunca viajó a África. No es una especialista en la región. No tiene fuentes en el continente. Pero escribió sobre linchamientos en ocho países africanos porque, en la lógica de las redacciones digitales, África no tiene un lugar fijo. Cuando surge un tema que “vende” —y la palabra vende es literal—, se lo asigna a quien esté disponible.

El resultado es una nota que no explica nada. No profundiza en las causas sociales, económicas ni geopolíticas de esa violencia. No menciona que los rumores de “robo de genitales” suelen emerger en contextos de crisis económica, migración interna y competencia por recursos escasos. No menciona que las redes sociales amplificaron un miedo preexistente, pero no lo crearon. No menciona que detrás de cada linchamiento hay una comunidad rota por décadas de abandono estatal.

Solo titula. Solo entretiene. Solo confirma lo que nadie puede chequear.

La pregunta que nadie hace

¿Por qué escribir sobre el robo de penes y no sobre el robo y saqueo sistemático de recursos por parte de Occidente?

Porque el robo de penes no incomoda a nadie en Washington, en París, en Tel Avid, o en Bruselas. Porque el robo de penes no cuestiona el orden económico global. Porque el robo de penes no exige preguntarse por qué la República Democrática del Congo, el país más rico en cobalto del mundo, tiene uno de los índices de desarrollo humano más bajos del planeta.

El cobalto congoleño alimenta los teléfonos móviles, los autos eléctricos y las baterías de todo el mundo. La RDC produce más del 70% del cobalto global. China refina aproximadamente el 80% de ese cobalto. Y Estados Unidos, desde 2025, libra una batalla abierta por arrebatarle a Pekín el control de esa cadena de suministro.

En diciembre de 2025, Washington firmó acuerdos con la RDC y Ruanda que “van mucho más allá de un gesto diplomático”. En 2026, la RDC implementó cuotas de exportación de cobalto para controlar los precios y, al mismo tiempo, comenzó a “reducir su dependencia de China y acercarse a Estados Unidos”. La empresa estatal Gécamines firmó un memorando con la estadounidense EVelution para enviar cobalto a una refinería en Arizona. Y el ferrocarril Lobito Atlantic Railway, financiado por Estados Unidos, ya está operativo como una ruta alternativa que evita las vías controladas por China.

Eso es una guerra. Una guerra por los minerales que definen el siglo XXI. Y no aparece en los titulares qye hablen de “robo y saqueo de recursos” en lugar de “robo de penes”.

Mozambique: el gas que vale 25.000 millones de dólares

Mozambique tiene las reservas de gas natural más grandes de África Oriental. El proyecto Mozambique LNG, liderado por la francesa TotalEnergies, tiene una inversión prevista de 20.000 millones de dólares —que ya ascendió a 24.500 millones— y podría convertir al país en uno de los mayores exportadores de gas del mundo.

En 2021, una insurgencia yihadista en la provincia de Cabo Delgado, exactamente donde se desarrollan los proyectos de gas, obligó a TotalEnergies a congelar las operaciones. En 2025, la cifra de ataques contra civiles en la región casi se duplicó respecto al año anterior, según Naciones Unidas. Más de 90.000 personas huyeron de sus casas desde la última semana de septiembre de 2025. Los militantes afiliados al Estado Islámico atacaron Palma y Mocimboa da Praia.

Y sin embargo, en octubre de 2025, TotalEnergies anunció la reanudación del proyecto. La empresa había estimado cargos de 4.500 millones de dólares durante la suspensión. El gobierno de Mozambique, con el presidente Daniel Chapo a la cabeza, urgió a reiniciar las obras “pese a los riesgos”. Las comunidades locales, según Oxfam, viven “con miedo”. La gente en Quitunda, los policías, los contratistas, “no ven cómo este proyecto puede funcionar si la gente está preocupada por la seguridad”.

Eso es lo que ocurre en Mozambique. Eso es lo que no se cuenta. La insurgencia no es un estallido espontáneo de violencia tribal: es el resultado de décadas de desigualdad, de comunidades que nunca vieron un peso del gas que se extrae frente a sus costas, de un Estado que abandonó el norte del país y dejó un vacío que los yihadistas llenaron.

Angola: el petróleo que se refina con capital chino

Angola es el segundo mayor productor de petróleo del África subsahariana. El sector de hidrocarburos representa cerca de la mitad del PIB y aproximadamente el 90% de las exportaciones. Y China lo sabe.

En abril de 2026, el Ministerio de Recursos Minerales, Petróleo y Gas de Angola y la estatal Sonangol viajaron a Pekín para profundizar la cooperación en toda la cadena de valor del petróleo y el gas. Sinopec ya opera mediante la empresa conjunta Sonangol Sinopec International y busca expandir su participación. Sonangol está buscando 4.800 millones de dólares para desarrollar la refinería de Lobito, que será la mayor del país una vez que la primera fase entre en funcionamiento en 2027. La empresa china CNCEC es el contratista principal. Las obras ya alcanzaron el 46% de ejecución en la primera fase.

Mientras tanto, en los titulares occidentales, Angola aparece —si aparece— como un país petrolero más. No se menciona que China está consolidando su presencia en el Atlántico africano. No se menciona que la refinería de Lobito es una pieza estratégica para que Angola deje de importar combustibles refinados. No se menciona que, detrás de cada barril, hay una competencia feroz entre Pekín y Washington por el control de la energía africana.

La persecución cristiana: la mentira que se exporta

Y aquí llegamos al punto que más duele. Porque la misma maquinaria que produce titulares sobre “robo de penes” produce titulares sobre “persecución a cristianos” en el Sahel.

Burkina Faso está gobernada desde 2022 por el capitán Ibrahim Traoré, un militar que llegó al poder con un discurso de soberanía nacional y antiimperialismo. En junio de 2026, Burkina Faso rompió relaciones diplomáticas con Francia, acusando a París de actuar contra sus intereses. Según la inteligencia rusa, Francia autorizó un plan para eliminar a líderes africanos “no deseados”, incluido Traoré. En enero de 2026 hubo un intento de golpe de Estado.

En ese contexto, la narrativa de la “persecución a cristianos” no es una descripción de la realidad: es un arma de guerra híbrida. La violencia en Burkina Faso es real. Los grupos yihadistas como JNIM atacan a civiles, queman iglesias y fuerzan el cierre de instituciones cristianas. Pero esa violencia no es un fin en sí mismo. Es una estrategia para imponer control territorial y financiarse con el contrabando de oro, animales y personas. El propio informe de Open Doors reconoce que “la persecución de cristianos está profundamente ligada al colapso de la autoridad estatal, la inseguridad creciente y el auge de las insurgencias yihadistas”. No es Traoré quien persigue a los cristianos. Son los grupos armados que operan en los vacíos de poder que dejó la retirada francesa.

Pero el titular no dice eso. El titular dice: “Prenden fuego iglesia Cristiana en Burkina Faso”. Y en un país como Argentina, con siete millones de cristianos bajo la influencia de una red de iglesias evangélicas sionistas, esa mentira se instala en cuestión de horas sin mayores cuestionamientos.

La verdad que no se publica

Lo que une a la República Democrática del Congo, Burundi, Zambia, Tanzania, Mozambique, Angola, Malawi y Kenia no es el “robo de penes”. Es que todos están en una encrucijada geopolítica entre China, Estados Unidos, Rusia y las potencias europeas. Todos tienen recursos estratégicos: cobalto, cobre, gas, petróleo, tierras raras, uranio. Todos están en la mira de una competencia global por el control de las cadenas de suministro que definirán el siglo XXI.

Y en esa competencia, la desinformación es un arma. Presentar a estos países como caóticos, irracionales y violentos cumple una función: justificar la intervención. Justificar que las potencias occidentales “deben” estar allí para “estabilizar”, para “proteger”, para “democratizar”. Porque un país presentado como caótico es un país que no puede gestionar sus propios recursos. Un país que necesita tutela.

La nota sobre el “robo de penes” no es una anécdota curiosa. Es una pieza más de una maquinaria que despolitiza la violencia, la presenta como un fenómeno cultural y primitivo, y oculta las causas reales: la competencia por recursos estratégicos, la desestabilización financiada desde el exterior, y la resistencia de gobiernos que intentan ejercer soberanía sobre su propio subsuelo.

¿Siguen robando penes en África?

No. Los penes no se roban. Lo que se roba es el cobalto. Lo que se roba es el gas. Lo que se roba es el petróleo. Lo que se roba es la soberanía.

Y eso no aparece en los titulares.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *