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Adiós a Ricardo Soulé: el pibe de Quilmes que le puso música al paso del tiempo

Por Nahuel Hidalgo

Quilmes está de luto. No es una frase hecha. Es un hecho. Porque Ricardo Soulé no era un artista lejano, una figura de esas que se admiran desde la distancia. Era un vecino. El pibe que jugaba en los potreros, que atajaba en las inferiores de Quilmes, que iba a la cancha con su viejo. El mismo que, a los 17 años, sentado en un banco del Colegio Nacional, convirtió el dolor de un amor de adolescencia en una canción que iba a cantar todo un país.

Se fue este viernes 2 de octubre, a los 76 años, en un sanatorio de la ciudad que lo vio nacer. Su hija Vicky confirmó la noticia a las 6:43 de la mañana. Sus hijos lo despidieron con un mensaje que rompe el alma: Su espíritu es libre, su música es de todos, su alma está en paz y su obra es eterna.

Había avisado tres semanas antes. En un comunicado que publicó el 11 de septiembre, les habló a mis amigos, colegas y seguidores que me acompañan siempre con tanto cariño e incondicionalidad. Les contó que por un tema de salud tenía que hacer un receso. Y les dejó una frase que hoy suena a despedida: Tengo toda la fe puesta en Dios, en que esto va a ser solo por un tiempo y que pronto, si Él así lo quiere, voy a poder estar de vuelta en los escenarios. No pudo ser. Pero volvió. Volvió de otra manera. Volvió para quedarse en cada guitarra que suena en una habitación de barrio, en cada pibe que aprende sus primeros acordes, en cada mate compartido con la radio de fondo.

El pibe que quería ser arquero

Antes de que la música le explotara en la vida, Ricardo Soulé era arquero. Atajaba en las inferiores de Quilmes. Compartió entrenamientos con el Pato Fillol. Antes de que la música explotara en mi vida, fui arquero de Quilmes, recordaba él mismo. A los 17 años colgó los guantes y se colgó una guitarra. Y ahí empezó todo.

Con Willy Quiroga, Rubén Basoalto y Juan Carlos Yodi Godoy formó Vox Dei en 1967, en Quilmes. En una casa humilde de Quilmes Oeste, en un barrio de potreros y calles de tierra, nació una de las bandas fundacionales del rock argentino. Cuenta la leyenda que fue Spinetta y Jorge Álvarez quienes los convencieron de cantar en castellano. Y así, de un barrio del sur del conurbano, salió una música que iba a marcar a fuego a generaciones enteras.

Todo concluye al fin

La canción que lo inmortalizó la escribió a los 17 años, mientras cursaba quinto año en el Nacional de Quilmes. Estaba atravesando una separación de Grace, la chica de la que se había enamorado y que con el tiempo se convertiría en su esposa. En esos días, en las clases de Literatura, descubrió las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique. Lo impactó la reflexión sobre el paso del tiempo, la muerte, la imposibilidad de detener aquello que termina. Y mezcló todo eso con su desamor adolescente.

De ahí salió esa letra que todos nos sabemos de memoria: Todo concluye al fin, nada puede escapar. Todo tiene un final, todo termina.

La grabó Vox Dei en 1969, salió en Caliente en 1970, y se convirtió en un himno. En 1993, una versión formó parte de la banda sonora de Tango feroz. En 2020, para celebrar los 50 años, Soulé la volvió a grabar junto a Ricardo Mollo, David Lebón, Chizzo Nápoli, Elena Roger y muchos más. La canción creció con nosotros. Nos acompañó en los momentos más tristes, en los adioses, en los finales que la vida nos fue poniendo enfrente.

La Biblia: el día que el rock argentino tocó el cielo

Pero si Presente fue el corazón, La Biblia fue la obra maestra. En 1971, en plena dictadura, Vox Dei lanzó la primera ópera rock argentina. Un vinilo doble con canciones sobre el Génesis, Moisés, las profecías, David y Goliat, Cristo y el Apocalipsis. Una locura. Un acto de osadía. Una obra que requirió consultas con la Iglesia, más de 150 horas de grabación y que se terminó de grabar el 3 de enero de 1971.

En la interpretación que hice de los textos, a Jesucristo lo hago hablar como el hijo del hombre. Me da bronca que a Jesús lo hayan encarado como algo sobrenatural. Simplemente era magnífico como hombre, dijo Soulé en su momento. Esa era su mirada. La de un tipo que leía, que pensaba, que buscaba. La de un poeta que no se quedaba en la superficie.

Quilmes lo llora

La familia evalúa velarlo en la Municipalidad de Quilmes. El lugar elegido, según trascendió, es la Casa de las Culturas, en Rivadavia 383, esquina Sarmiento. El espacio donde los vecinos, los amigos, los colegas y los admiradores podrán acercarse a despedirlo. Porque Ricardo Soulé era de Quilmes. No de paso. No de casualidad. De verdad. Vivió en Quilmes, en Ranelagh, en Berazategui. Fue tan conurbanita que hasta una vez le pasó algo en un colectivo que nunca se supo la línea. Era uno de nosotros.

Músicos de todas las generaciones lo despidieron. Ricardo Mollo escribió: Querido compañero, tocayo, finalmente los Vox Dei se reúnen en el cielo. Te vamos a extrañar un montón, Ricardo. Richard Coleman recordó que Soulé protagonizó el primer recital de rock al que fue en su vida. Tenía 13 años. Su papá lo llevó al Teatro Coliseo. Un príncipe. Botas, calzas, camisa de seda y una 335 roja. Cabello enorme. Impactante. Qué voz, qué presencia, escribió. Y cerró: Gracias Ricardo, por la inspiración que me llevó a seguir este camino. Buen viaje, allá te aman también.

Lo que queda

Los que crecimos escuchando a Vox Dei en un cassette de nuestros viejos, en el tocadiscos de un tío, en la radio de la cocina, sabemos que Ricardo Soulé no se va del todo. Se queda en esa canción que cantamos sin pensar en los finales, en los adioses, en el paso del tiempo. Se queda en la memoria de un barrio que lo vio nacer y que hoy lo despide con el corazón apretado.

Se fue un prócer del rock nacional. Se fue un poeta. Se fue un quilmeño. Pero su música, como dijeron sus hijos, es de todos. Y su obra es eterna.

Hasta siempre, Ricardo. Aguante Quilmes.

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