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El Diego, la Bombonera y la calle: cómo un migrante encontró en Argentina su lugar en el mundo

Carlos Valencia, tatuador colombiano-venezolano, llegó al país buscando un nuevo comienzo y terminó encontrando algo más profundo: una conexión inexplicable con el fútbol, la gente y la historia argentina. “Argentina me dio amor propio, y eso no tiene precio”, asegura.

Carlos Valencia nació en Los Teques, Venezuela, en el seno de una familia colombiana. Desde muy joven comenzó a recorrer América Latina, pero fue en Argentina donde su corazón encontró refugio. “Fue como si ya hubiera estado aquí antes. Como si estas calles y estas costumbres fueran parte de mí desde siempre”, dice con una mezcla de emoción y certeza.

Migrante, artista del tatuaje y apasionado del fútbol, Carlos lleva en el alma una conexión especial con la cultura argentina. Su historia personal está profundamente marcada por el recuerdo de su padre, con quien compartía una sola conversación en común: Maradona. “El Diego fue lo único que nos unía. Ir a la Bombonera o escuchar anécdotas argentinas me transporta a cuando tenía cinco años. Es mi vínculo emocional más fuerte con él”.

Pero su vínculo con Argentina no se agota en la nostalgia. En la vida cotidiana, en los gestos simples, Carlos encontró un nuevo hogar. “Me ha tocado pasar momentos duros. Desde 2017 no veo a mi mamá ni a mi hermana, pero aquí conocí personas que me levantaron con una frase, con un ‘¡Vamos, rasta!’. A veces llegaba al local con la cara baja, y sin preguntar, ya sabían que necesitaba una palabra de aliento. Eso no se olvida”.

Carlos es dueño de Suhakutattoo, un estudio de tatuajes ubicado en Galería Buenos Aires, avenida Córdoba 541, local 78, en la ciudad de Buenos Aires. Desde allí, no solo plasma arte en la piel, sino que también construye puentes de empatía y comunidad. Rechaza cualquier forma de xenofobia. “El que discrimina, en el fondo, no soporta que otro ame más a su país que ellos mismos. Pero por suerte, son los menos. Yo he recibido mucho amor y respeto. Argentina me quitó todo lo que no era para mí, para que pudiera renacer. Me dio lo más valioso: el amor propio. Y eso no tiene valor económico”.

Desde su lugar, intenta devolver cada gesto. Ayuda en la calle cuando puede, conversa con quienes viven en situación de vulnerabilidad, y mantiene una constante curiosidad por la historia y la realidad del país. “Leo mucho sobre Argentina, no solo de fútbol. Creo que eso te hace más parte, más presente. Uno se arraiga con conocimiento y amor”.

Para Carlos, la patria no se mide en documentos. “No es el DNI el que te manda en el corazón”, dice con los ojos brillosos. Su historia es una de tantas que demuestran que Argentina, con todas sus contradicciones, sigue siendo tierra de abrazos y reconstrucción para quienes llegan con la esperanza intacta.

Vía Nahuelinforma

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