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El Ejército de las sombras: Suicidios, miseria y aviones para la foto

Por Nahuel Hidalgo

“La vida no vale nada cuando otros se están matando
Y yo sigo aquí cantando, cual si no pasara nada” Pablo Milanes

Mientras el Gobierno de Javier Milei celebra la llegada de los cazas F-16 como un hito de soberanía, en los cuarteles se respira una mezcla de bronca y desesperanza. El reciente suicidio de un soldado en la Quinta de Olivos, sumado a otros tres casos en la misma semana, ha corrido el velo de una crisis humana que el Jefe del Ejército y hoy Ministro de Defensa, Carlos Presti, no logra contener. El contraste es obsceno: se invierten millones en tecnología supersónica mientras el capital humano se desintegra entre la pobreza y el abandono estatal.

La “Sangría” y el desfalco de IOSFA
El personal no se va por falta de vocación, sino por hambre. Un soldado voluntario percibe hoy cerca de $610.000, monto que lo deposita directamente bajo la línea de pobreza y lo empuja al sobreendeudamiento, factor recurrente en las cartas de despedida de quienes se quitan la vida. En este contexto, la diputada Agustina Propato (UP) ha denunciado un “fraude histórico” en la Obra Social de las Fuerzas Armadas (IOSFA), la cual arrastra un déficit de $160.000 millones. Esta quiebra técnica deja a los efectivos sin medicamentos oncológicos ni atención psiquiátrica básica, una situación que el Gobierno pretende emparchar con un descuento compulsivo del 2% extra sobre los ya magros sueldos militares. Propato ha sido tajante al señalar que se está “desmontando el eslogan de que cuidan a los que nos cuidan”.

El mito de la autonomía y el “perímetro corto”
La espectacularidad técnica de los F-16 —aviones que, según el ex piloto Carlos Rinzelli, soportan hasta 9G y rompen la velocidad del sonido— choca de frente con la realidad logística y geográfica de la Argentina. Como explica el especialista Sergio Eissa, el F-16 es un caza de “pierna corta” que, desprovisto de apoyo, no puede ir cargado con armamento hacia Malvinas y volver. La carencia es absoluta porque la Argentina no posee aviones tanqueros compatibles con el sistema de reabastecimiento por pértiga que utilizan estos aviones. Los actuales Hércules C-130 de la Fuerza Aérea resultan inútiles para esta función, lo que obliga a depender de la logística extranjera para cualquier operación de largo aliento.

Esta limitación operativa convierte a los nuevos cazas en un sistema de “defensa de punto” incapaz de patrullar el Mar Argentino o la Patagonia profunda sin realizar al menos dos paradas técnicas en tierra —como en Río Gallegos o Comodoro Rivadavia— para cargar combustible, lo que anula cualquier factor de reacción inmediata frente a una incursión externa.

Infraestructura en ruinas y prioridades invertidas
La denuncia de Agustina Propato en el Congreso ha puesto la lupa en un costo escondido que el Ministerio de Defensa omite: la infraestructura. Según la legisladora, el Grupo Construcciones de la Fuerza Aérea opera apenas al 50% de su capacidad, lo que pone en riesgo la vida útil de los aviones. El motor del F-16, situado a muy baja altura, es extremadamente sensible a la succión de residuos en pista; sin hangares presurizados ni pistas perfectamente mantenidas, la millonaria inversión corre el riesgo de quedar en tierra por daños evitables.

Resulta una paradoja cruel que, mientras un solo vuelo de entrenamiento de dos horas consume el equivalente a 40 sueldos de soldados, las bases militares carezcan de las barredoras o el asfalto de calidad necesarios para operar el sistema. A esto se suma la advertencia del ex ministro Agustín Rossi, quien recordó que el alineamiento geopolítico con Estados Unidos llevó a descartar opciones como los JF-17 chinos, que eran nuevos, más económicos y ofrecían una mayor autonomía financiera y operativa.

En fin: Un gigante con pies de barro
La gestión de Milei y Presti ha construido un relato de potencia basado en tecnología de segunda mano y fotos oficiales. Sin embargo, debajo de los trajes especiales y los 9G de presión, hay una fuerza desfinanciada, sobreendeudada y psicológicamente quebrada. Como señala Propato, la Argentina ha comprado un sistema de armas de élite para una estructura que se cae a pedazos, dejando a sus soldados librados a su suerte entre deudas, vulnerabilidad digital tras el ciberataque a los legajos del Ejército, y el abandono sistemático de su propia obra social.

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