Internacional

EL POLÍTICO ESCOSES QUE DESAFIÓ A THATCHER: TAM DALYELL Y LA GUERRA DE MALVINAS

En mayo de 1982, el Reino Unido estaba sumergido en una fiebre patriótica que rozaba el fanatismo. Los tabloides de Fleet Street gritaban consignas de guerra y la figura de Margaret Thatcher se agigantaba como la “salvadora” de la soberanía británica. Sin embargo, desde las páginas de la London Review of Books, en un artículo titulado “A Falklands Polemic”, Tam Dalyell lanzó una bomba lógica y ética que todavía hoy incomoda a los sectores más conservadores de Gran Bretaña.

Dalyell no escribió un panfleto político común; escribió una autopsia de la moral británica, resaltando la humanidad de los argentinos y denunciando la ceguera de un gobierno que prefirió el fuego a la diplomacia.

La deconstrucción del “enemigo”: Argentina como pueblo hospitalario

Uno de los puntos más disruptivos del texto de Dalyell es su insistencia en recordar a los británicos quiénes eran realmente los argentinos. Mientras la propaganda de guerra intentaba pintar a Argentina como una nación de “salvajes” o una “dictadura bananera” sin matices, Dalyell apeló a la memoria histórica y personal.

Él habló de la hospitalidad argentina no como un concepto abstracto, sino como una realidad vivida por miles de británicos a lo largo de los siglos. Recordó que Argentina fue, durante gran parte del siglo XIX y XX, el “sexto dominio” informal del Imperio Británico, un lugar donde los ingleses, escoceses e irlandeses no solo fueron recibidos con los brazos abiertos, sino que prosperaron y construyeron ferrocarriles, estancias y comunidades enteras.

Para Dalyell, era una tragedia ética que el Reino Unido estuviera dispuesto a bombardear a un pueblo que siempre había mostrado un afecto y una generosidad genuina hacia lo británico. Al resaltar esta hospitalidad, Dalyell buscaba generar un cortocircuito en la mente del lector: ¿Cómo puedes odiar y desear la muerte de alguien que te ha abierto las puertas de su casa por generaciones?

La humanización del soldado: Jóvenes conscriptos vs. máquinas de guerra

Dalyell fue uno de los pocos políticos en Londres que se detuvo a pensar en quiénes estaban en las trincheras del otro lado. En su texto, describe a los soldados argentinos no como invasores feroces, sino como “muchachos” (lads).

Subrayó que muchos de ellos eran conscriptos de 18 o 19 años, provenientes de provincias lejanas, que no tenían nada personal contra los británicos y que estaban allí por un sentimiento de soberanía que el Reino Unido se negaba a comprender. Esta humanización servía para exponer la desproporción de la respuesta británica. Dalyell cuestionaba la gloria de una victoria militar obtenida por profesionales de élite contra jóvenes que, en muchos casos, apenas sabían manejar sus armas y que sufrían el frío extremo del Atlántico Sur.

Esta visión conectaba directamente con su crítica a la pérdida de vidas. Para Dalyell, la muerte de un marinero argentino en el Belgrano era tan trágica y evitable como la de un soldado británico. No había “muertes justificadas” en una guerra que, según él, nunca debió ocurrir.

El hundimiento del General Belgrano: El crimen político

El núcleo duro de la polémica de Dalyell, y lo que lo hizo famoso (o infame) en el Parlamento, fue su análisis sobre el hundimiento del crucero ARA General Belgrano. Dalyell sostiene en su escrito que este acto no fue una necesidad militar, sino un sabotaje deliberado a la paz.

Según su investigación, Margaret Thatcher ordenó el hundimiento justo cuando el presidente peruano, Fernando Belaúnde Terry, estaba logrando avances significativos en una propuesta de paz que Argentina estaba dispuesta a considerar. Dalyell argumenta que:

  • El Belgrano estaba fuera de la zona de exclusión total.
  • Se dirigía hacia el continente (alejándose de la flota británica).
  • Su hundimiento garantizaba que la Junta Militar argentina no pudiera aceptar la paz sin perder la cara, forzando así una guerra total que Thatcher necesitaba para su supervivencia política interna.

Para Dalyell, esto fue un acto de “mala fe criminal”. Acusó a su propia Primera Ministra de sacrificar 323 vidas argentinas (y las que vendrían después) solo para evitar un acuerdo diplomático que pudiera parecer una debilidad.

El realismo diplomático: Argentina como vecino eterno

Dalyell cierra sus argumentos con una dosis de realismo frío que hoy parece profético. Argumenta que, independientemente del resultado de las batallas, la geografía es inamovible.

“Argentina es una potencia con la que tendremos que convivir durante los próximos mil años”, escribió. Dalyell criticaba la “victoria pirúrica” de Gran Bretaña. Sostenía que ganar la guerra militarmente solo crearía un resentimiento eterno en Argentina y en toda América Latina, obligando al Reino Unido a mantener una guarnición costosa y absurda en unas islas que, económicamente, no valían el despliegue.

Él veía a Argentina no como un enemigo temporal, sino como un socio natural con el que el Reino Unido se estaba peleando de forma irreversible por un pedazo de tierra cuya importancia era puramente simbólica para Londres, pero vital para Buenos Aires.

El legado de la crítica de Dalyell

Lo que podemos encontrar “a favor de Argentina” en este texto no es una defensa de la dictadura militar de Galtieri (a quien Dalyell también despreciaba), sino una defensa de la racionalidad y el respeto mutuo.

Dalyell tuvo la valentía de decir que la soberanía argentina era un reclamo con bases históricas que merecían ser escuchadas en una mesa de negociación, no respondidas con misiles. Su texto es un monumento a la idea de que la verdadera fuerza de una nación no está en su capacidad de hundir barcos, sino en su capacidad de entender la humanidad de su oponente y buscar soluciones que no impliquen el derramamiento de sangre joven.

El texto de Dalyell abre una ventana de luz sobre como pensaban los políticos escoses en el Reino Unido, muchos de ellos vieron a través de la niebla de la guerra y reconocieron en los argentinos a un pueblo hermano, hospitalario y víctima de las ambiciones políticas de líderes que nunca pisaron el campo de batalla.

London Review of Books

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