Politica

El arquero inocente: Un documental que merece la condena de la memoria

Por Nahuel Hidalgo

El 24 de marzo no es una fecha más en el calendario argentino. Es el día en que la memoria se vuelve un acto de justicia, en que recordamos a los 30.000 compañeros desaparecidos y reafirmamos el Nunca Más frente al terrorismo de Estado. Por eso, que durante esta fecha se haya proyectado en salas del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) El arquero inocente —un documental que cuestiona la cifra de 30.000, naturaliza el lenguaje represivo de la dictadura y presenta a Henry Kissinger y Jorge Rafael Videla como figuras anodinas— no puede ser tratado como un simple error de programación o una controversia menor. Es, en los hechos, una provocación que exige un análisis profundo sobre los límites del discurso cultural y la responsabilidad histórica de un Estado que define qué memorias se construyen y cuáles se intentan enterrar.

No es casualidad que esta película lleve la firma de Iván Kasanzew, hijo de Nicolás Kasanzew, el periodista de ATC que durante la dictadura fue el único corresponsal argentino en Malvinas y que, según Página/12, “en directo, dio rienda al relato oficial que no se verificaba en los hechos”. El mismo Nicolás Kasanzew fue designado por la vicepresidenta Victoria Villarruel al frente de la Dirección Gesta de Malvinas del Senado en 2024. El documental no nace en un vacío ideológico: es el producto de una constelación familiar y política que ha hecho de la revisión del terrorismo de Estado su caballo de batalla. Que el INCAA, en su nueva orientación “libertaria”, haya seleccionado precisamente esta obra para programarla en la fecha más sensible de la memoria argentina no es una coincidencia. Es una declaración de principios.

Bajo una aparente estética documental y un discurso de “pluralismo”, El arquero inocente —una producción gestada desde la lógica de mercado de Miami— comete lo que podríamos llamar un crimen simbólico: intenta reescribir la historia desde la óptica de los victimarios. Y lo hace con el aval de su programación en las salas del INCAA, que en su afán “libertario” parece haber olvidado que la libertad, en un país que sufrió un genocidio, no es la libertad de naturalizar el lenguaje del terrorismo de Estado.

El blanqueo de Kissinger y Videla


El punto más grave de la obra es su tratamiento de Henry Kissinger. Lejos de ser un mero espectador de fútbol, Kissinger fue el arquitecto del Plan Cóndor, el engranaje fundamental que coordinó el terrorismo de Estado en el Cono Sur. La película intenta presentar su presencia junto a Jorge Rafael Videla como una anécdota diplomática. Sin embargo, la historia es tozuda.

El 21 de junio de 1978, minutos antes del inicio del partido contra Perú, Videla y Kissinger ingresaron al vestuario peruano. No fue una visita de cortesía. Como relataron años después jugadores como Juan Carlos Oblitas o Germán Leguía, la presencia del dictador y del secretario de Estado norteamericano fue “surrealista” y “aterradora”. En un contexto geopolítico donde la dictadura argentina necesitaba un respaldo internacional para ocultar los vuelos de la muerte, Kissinger no fue a desear “suerte”. Fue a dar un aval: que la Junta Militar contaba con el apoyo de Estados Unidos, mientras se implementaba el sistema de exterminio que hoy condenamos.

Al reducir ese momento a una curiosidad simpática, el documental omite que Videla y Kissinger son responsables directos de la desaparición y muerte de decenas de miles de personas. La “humanización” de genocidas no es una decisión creativa; es una operación política de blanqueo. Y que el INCAA haya facilitado la difusión de esta narrativa es una traición a la memoria colectiva.

La trampa de la “Equidistancia” y el lenguaje del enemigo


Si algo caracterizó al terrorismo de Estado fue la asimetría. No hubo una “guerra” entre dos bandos; hubo un aparato estatal que secuestró, torturó y asesinó a ciudadanos argentinos. Sin embargo, El arquero inocente cae en la falsa simetría de poner al mismo nivel el testimonio de las víctimas con el de quienes sostuvieron el discurso represivo. En los crímenes de lesa humanidad, la equidistancia no es equilibrio: es complicidad.

El documental profundiza en esta falsa simetría cuando sostiene, textualmente, que “Argentina olía a muerte en los años ‘70, ya que en esa época sufrió ataques, asesinatos y secuestros de grupos terroristas de izquierda, como montoneros y ERP”. Una afirmación que omite por completo que el mayor número de ataques, asesinatos y secuestros ocurridos en esos años previos fueron ejecutados por la organización paramilitar Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), antecedente directo de la masacre que estaba por venir. Al borrar a la Triple A del relato, la película construye una narrativa que iguala violencias incomparables y desresponsabiliza al Estado de su rol fundacional en el terror.

Más grave aún es el uso del lenguaje. Al referirse a las víctimas con términos como “subversivos” o “terroristas” —sin comillas, sin contexto crítico—, la película deja de ser un documental para convertirse en un eco de los comunicados de la Junta Militar. Este lenguaje fue diseñado para deshumanizar, para justificar la represión ilegal bajo la lógica del “enemigo interno”. Naturalizarlo no es un error de guion; es validar la narrativa del genocidio.

Cuando el Estado, a través del INCAA, distribuye películas que utilizan el lenguaje del victimario y omiten el accionar de la Triple A para construir una teoría de los Dos Demonios encubierta, está legitimando una lectura de nuestra historia que los organismos de derechos humanos han combatido durante décadas. Es un ataque directo al consenso social más firme de nuestra democracia: el Nunca Más.

El cuestionamiento de los 30.000: Un ataque a la lucha de los organismos de Derechos Humanos


No es casualidad que la película intente instalar dudas sobre la cifra de 30.000 desaparecidos. Esta cifra no es un dato aritmético más; es una bandera de lucha que representa el reclamo de verdad frente al ocultamiento sistemático de los cuerpos por parte del Estado terrorista. Cuestionarla es una táctica clásica de quienes buscan relativizar la magnitud del genocidio. Es una provocación directa a las Madres, a las Abuelas y a todos los organismos de derechos humanos.

Que el INCAA, en su nueva orientación “libertaria”, haya permitido que esta provocación se proyecte en las salas que financia no es un hecho aislado. Es parte de un patrón: la desfinanciación del cine con memoria, el vaciamiento de los espacios que históricamente construyeron verdad, y la apertura a producciones que, bajo la máscara de la “libertad de expresión”, introducen el discurso negacionista por la puerta grande.

El Fútbol como Sportswashing


La película intenta vender la idea de que la movilización popular por el Mundial fue una forma de “ganarle la calle” a los militares. Esa tesis es históricamente falsa y peligrosa. El Mundial ’78 fue la herramienta más eficaz de sportswashing (lavado de imagen a través del deporte) utilizada por la dictadura para ocultar los centros clandestinos de detención mientras el mundo miraba los goles. Priorizar la épica deportiva sobre el sistema de exterminio no es resistencia; es reproducir, décadas después, la propaganda que Videla diseñó para vender una “Argentina normal”.

La responsabilidad histórica del INCAA


Un INCAA no puede ser cómplice de la difusión de discursos que naturalizan el terrorismo de Estado. La libertad de expresión no es un cheque en blanco para reescribir la historia con el lenguaje del genocidio. En un país donde los responsables del terrorismo de Estado están condenados por crímenes de lesa humanidad, el Estado no puede programar en sus salas películas que cuestionan los 30.000, que humanizan a Kissinger y Videla, y que utilizan los términos con los que la dictadura deshumanizó a sus víctimas.

La responsabilidad histórica con nuestros compañeros desaparecidos nos exige no callar. No se trata de censura, sino de memoria. Debemos exigir que los recursos del INCAA se destinen a construir verdad, no a sembrar dudas. Que las pantallas financiadas por todos los argentinos sean espacios de homenaje a las víctimas, no escenarios para la apología encubierta del terrorismo de Estado.

Hoy, más que nunca, debemos defender el consenso del Nunca Más. No es un dogma, es la base ética sobre la que construimos nuestra democracia después del horror. Cualquier intento de erosionarlo, desde cualquier lugar —y especialmente desde las instituciones culturales del Estado—, debe ser confrontado con la misma fuerza con que las Madres y Abuelas confrontaron a los genocidas en los años más oscuros.

Por los 30.000, por la verdad y por la justicia, rechazamos el intento de instalar la “estética del olvido” en los cines de nuestro país. En Argentina, el Nunca Más se defiende todos los días, y especialmente cuando el Estado intenta olvidarlo.

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