Politica

El Anticristo, el mesías de circo y la Argentina como laboratorio

Dos encuentros, dos escenarios, una misma trama. En marzo, un seminario secreto en un palacio renacentista a metros del Vaticano. En junio, una reunión privada en una mansión de Palermo. En el primer caso, el financista de Javier Milei, Peter Thiel, rodeado de sus pares de Silicon Valley, discutiendo sobre la teología del Anticristo y la tecnología como nueva religión. En el segundo, el mismo Thiel recibiendo a un diputado argentino que dice haber ido a llevarle la encíclica del Papa. Entre medio, un presidente que dice que conoció a su perro en el Imperio Romano y que fue puesto por fuerzas celestiales para liberar a la Argentina. Si esto no es un delirio, que alguien nos explique qué es.

El poder oculto

Peter Thiel no es un empresario más. Es el creador de PayPal, uno de los primeros inversores de Facebook, y sobre todo, el arquitecto ideológico del “aceleracionismo”: una doctrina que sostiene que la tecnología debe avanzar sin ninguna regulación, que la democracia es un estorbo y que el Estado debe ser destruido. Su seminario en el Palazzo Taverna no fue una excentricidad de millonario aburrido. Fue un acto de guerra simbólica contra la única institución global que hoy le planta cara: la Iglesia del Papa León XIV.

Allí, sin dejar documentos, sin revelar nombres, al mejor estilo de una logia masónica, Thiel y los suyos debatieron sobre el Anticristo. Pero no como un demonio con cuernos, sino como una categoría política: el que viene a destruir el viejo orden para imponer uno nuevo. Ellos se creen los profetas de ese nuevo mundo. Un mundo sin derechos, sin Estados, sin pueblo. Solo mercados, algoritmos y genios tecnológicos gobernando sobre el resto de los mortales.

El Papa lo entendió perfectamente. Su encíclica fue una declaración de herejía contra Thiel y su doctrina. Dijo que el “aceleracionismo” es contrario al bien común, a la justicia social y a los principios de la Doctrina Social de la Iglesia. Fue un terremoto silencioso que obligó a los poderosos de Silicon Valley a recalcular.

El títere desbocado

Pero toda esta sofisticación teológica se derrumba cuando miramos al alumno aplicado. Porque el instrumento de Thiel en Argentina no es un intelectual que debate sobre el Anticristo. Es Javier Milei. Un presidente que dice que va a liberar a Israel, que conoció a su perro Conan en el Imperio Romano hace 2.000 años, que sus mascotas muertas le hablan a través de una médium y que él fue puesto por fuerzas celestiales para salvar a la Argentina.

La fractura es total. El poder global es secreto y cínico. Su títere local es público y fanático. Thiel habla del Anticristo como un concepto abstracto para iniciados. Milei actúa como un mesías para las masas. Uno oculta su juego en un palacio romano. El otro lo grita en todos los canales de televisión. Uno quiere reemplazar a Dios con la tecnología. El otro quiere ser Dios directamente.

Este es el verdadero rostro del poder que nos gobierna. No una inteligencia superior con un plan maestro, sino un aprendiz de brujo que invocó fuerzas que ya no puede controlar. Un mesías que no quiere tocar el agua y que recibe consejos políticos de sus perros muertos mientras está sentado en el sillón de Rivadavia. Y ahí está lo más perturbador: hay gente que cree que tiene que ser reelecto. Gente que lo escucha, que lo aplaude, que lo defiende. Gente que sufre el ajuste pero compró el relato del salvador. Ese es el verdadero triunfo de Thiel y los suyos: haber convertido el delirio en esperanza, y la esperanza en sumisión.

La reunión incómoda

En este contexto, Juan Grabois se sentó a la mesa de Thiel en Palermo. Tardó dos meses en contarlo, y lo hizo cuando en crecieron los pedidos de expliciones en el streemin. Dijo que fue a llevarle la encíclica del Papa, a enfrentarlo. Pero la pregunta sigue en el aire: si fue una gesta tan heroica, ¿por qué calló? Si confrontó al financista del ajuste con la doctrina de la Iglesia, ¿por qué no salió a denunciarlo al instante? ¿Por qué no hay un documento, un acta, una prueba?

Sin conclusiones, sin testigos y sin documentos, la reunión de Palermo no solo no confrontó a Thiel: lo legitimó. Le permitió mostrarse como un tipo dialoguista, abierto a debatir, mientras sigue financiando al gobierno que ajusta sobre los pobres. La puesta en escena fue funcional al poder, no al pueblo.

El laboratorio argentino

Argentina es, una vez más, el laboratorio de una guerra global. Pero esta guerra no es solo por la tierra, el litio o la deuda. Es por el sentido mismo de la humanidad. En una esquina, la Doctrina Social de la Iglesia, que habla de bien común, justicia y opción por los pobres. En la otra, el “aceleracionismo” de Thiel, que solo ve mercados, algoritmos y individuos aislados. En el medio, un presidente que se cree el salvador de la Argentina mientras su jefe ideológico es declarado hereje por el Papa.

No nos dejemos distraer. La discusión sobre el Anticristo es interesante, pero el verdadero infierno es el que viven todos los días los que no llegan a fin de mes. La verdadera herejía no es la de Thiel: es la de un sistema que condena a los pobres a la miseria mientras los poderosos juegan a ser dioses en palacios renacentistas y mansiones de Palermo. La respuesta no es solo teológica: es política, es organización y es lucha. Porque el cielo puede esperar, pero el hambre no.

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