Internacional

La cruz en el Sahel y el silencio en el Sultanato: El cinismo de la fe geopolítica

Por Nahuel Hidalgo

En la gramática de la diplomacia occidental, el sufrimiento humano es un sustantivo que solo se conjuga cuando el adjetivo político es conveniente. Esta semana, mientras las redacciones de Washington a París se llenan de informes alarmistas sobre la “persecución de cristianos” en Burkina Faso, el mundo asiste a una clase magistral de hipocresía selectiva.

La narrativa es tan seductora como engañosa: se nos dice que el joven capitán Ibrahim Traoré, al expulsar a las tropas francesas y abrazar la retórica panafricanista de Thomas Sankara, ha dejado a las minorías religiosas a merced del fanatismo. Sin embargo, en el periodismo, lo que se omite suele ser más elocuente que lo que se publica.

Burkina Faso no es simplemente un escenario de conflicto religioso; es el cuarto productor de oro de un continente que ha decidido, por fin, dejar de ser el cajero automático de Europa. Cuando Traoré nacionaliza recursos o exige que las mineras dejen una parte de su botín en el Banco Central de Uagadugú, la respuesta de Occidente no es un debate sobre economía soberana, sino una repentina y sospechosa preocupación por la libertad de culto.

La trampa es cínica: se utiliza a las víctimas del terrorismo yihadista —un monstruo alimentado por la desestabilización de Libia en 2011, cortesía de la OTAN— para deslegitimar a los gobiernos que realmente los combaten. Se culpa al Estado que defiende las iglesias por los ataques de quienes buscan destruirlo. Es la “operación de manual”: si no puedes derrocar al líder que nacionaliza tu uranio por las armas, asesina su reputación moral en los diarios de la mañana.

Para desarmar esta opereta, basta mirar hacia el este. Mientras el Sahel es crucificado en los titulares, el Sultanato de Brunei disfruta de un silencio sepulcral. Allí, bajo el amparo de la Sharia, el Evangelio es una palabra proscrita en el espacio público y la Navidad es un delito de alarde. Pero Brunei posee petróleo, estabilidad financiera y una sumisión ejemplar a los intereses anglosajones. En el mapa moral de la Casa Blanca y el Elíseo, un sultán represor es un “socio estable”, mientras que un capitán panafricanista que defiende su oro es un “peligro para la cristiandad”.

Esta “misma medicina” que África está devolviendo —desde el oro del Sahel hasta la diplomacia de reparaciones de Netumbo Nandi‑Ndaitwah en Namibia— está provocando un síncope en el viejo orden. El Panafricanismo moderno no es una amenaza a la fe; es una amenaza a la extracción.

Occidente no teme por las almas de los cristianos en África; teme perder el control sobre el uranio que ilumina sus ciudades. Mientras los medios “independientes” sigan operando como oficinas de relaciones públicas de la OTAN, el periodismo honesto tiene una sola obligación: recordar que, en la geopolítica del siglo XXI, la cruz suele ser el envoltorio y el mineral el verdadero contenido.

Es hora de aceptar que África se ha cansado de ser una nota al pie en sus propios recursos. Y que la libertad religiosa, cuando se usa como moneda de cambio para el saqueo, no es fe: es propaganda.

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