Politica

Falopa en el despacho: la hipocresía del poder que no se anima al narcotest

La política argentina en este febrero de 2026 parece un teatro del absurdo. Mientras Juan Grabois y Natalia Zaracho lanzan la propuesta de un narcotest obligatorio para toda la cúpula del poder, y Lilia Lemoine aplaude desde la vereda de enfrente, en las esquinas de los barrios más castigados la realidad no espera ningún resultado de laboratorio. Ahí, donde el Estado es una sombra que solo aparece para tirar gases o llevarse un pibe de los pelos, la narcocriminalidad es la única que ofrece “futuro”, aunque ese futuro dure lo que un suspiro.

El pedido de un narcotest no es una chicana mediática, es una demanda de dignidad básica. No se puede hablar de “guerra contra el narco” con la nariz llena de merca o mientras se financian campañas con cuevas que lavan la guita que brota de la sangre de los pibes. El “tratado de libre comercio para los narcos” que denunció Grabois no se firma en una oficina, se firma cada vez que un juez mira para otro lado, cada vez que un político acepta un sobre de origen dudoso y cada vez que el sistema financiero permite que los millones del tráfico se vuelvan edificios de lujo en Puerto Madero o Nordelta.

El drama real son los pibes. Niños que a los diez años ya saben lo que es una “bolsita” pero no saben lo que es una vacante en una escuela con gas y comida caliente. Para esos pibes, el “transa” es el modelo de éxito porque es el único que tiene zapatillas nuevas y un plato de comida en la mesa. Es una perversión total: el sistema empuja a los más chicos al abismo de la adicción y después los castiga por estar ahí.

Si los de arriba —el Presidente, los ministros, los jueces de la Corte y los legisladores— no son capaces de someterse a un control tan simple como un examen toxicológico, ¿con qué cara le van a pedir sacrificio a un pueblo que se está desangrando? La autoridad moral no se compra con votos ni con cargos, se construye con el cuerpo. Si consumís la misma mierda que financia las balas que matan a los pibes en Rosario o en el Conurbano, sos parte del problema, no de la solución.

El narcotest tiene que ser el piso de la decencia. Porque mientras la dirigencia se pelea por ver quién grita más fuerte en el Congreso, hay una generación entera que se nos está escapando de las manos entre el humo del paco y el olvido de los que deciden. La transparencia no es un show para la tele, es la única forma de demostrar que no son socios del negocio que nos está matando a todos.

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