Internacional

Perú: La vida a 4000 metros, la herencia inca y la falacia del “atraso” americano

Por Nahuel Hidalgo

El Altiplano Peruano es uno de los hábitas más exigentes del mundo. Situado a más de 4000 metros de altitud, la región atrae a millones de visitantes y lleva a muchos de ellos al límite de su capacidad física. En los alrededores de La Rinconada, considerada la ciudad más alta del mundo a 5100 metros sobre el nivel del mar, los pobladores desafían las gélidas temperaturas y la escasez de oxígeno.

Hoy, la motivación en esa zona extrema es un gigantesco yacimiento de oro. Cada día, unos 10 000 mineros como Arnaldo se adentran en pozos que ponen en peligro sus vidas, a menudo por un salario que apenas alcanza para sobrevivir. Mientras tanto, una pequeña unidad policial al mando del comandante Aranda lucha contra el desorden y el tráfico ilegal de explosivos.

Esta cruda realidad de explotación y supervivencia choca de frente con las corrientes de opinión que afloran a menudo en las redes sociales. Hace apenas unos días, el streamer español El Xokas generó una fuerte polémica al afirmar en una de sus transmisiones que los españoles “adelantaron más de 1500 años” a los pueblos originarios tras la llegada a América, instalando la vieja narrativa colonial de que el continente vivía en un retraso absoluto.

Sin embargo, la geografía y la historia del Altiplano exponen una contradicción brutal en este argumento del “progreso” europeo:

Convivencia versus explotación: La lección de los Incas

Mucho antes de la llegada de los colonizadores, los pueblos de la comunidad Inca ya habitaban, dominaban y prosperaban en estas alturas extremas. A diferencia del modelo extractivista actual, que empuja a miles de personas a arriesgar la vida en túneles gélidos a cambio de salarios de miseria para extraer oro, los Incas no basaban su existencia en la destrucción del ambiente.

Los antiguos habitantes del Altiplano convivían con el entorno. Desarrollaron sistemas de ingeniería y agricultura andina —como los terraplenes y canales de riego— adaptados perfectamente a la escasez de oxígeno y al clima hostil. Usaban la altura para producir alimentos y sostener una sociedad compleja sin dañar el ecosistema. Su relación con la naturaleza era de reciprocidad, no de expolio.

El verdadero tesoro que aún resiste

La prueba de esa armonía precolombina que sobrevive hasta hoy es el manejo de otro tesoro del Altiplano: la preciada lana de vicuña, una de las más caras del mundo. Estos animales tímidos viven en libertad y, lejos de la lógica del confinamiento industrial, solo se les puede esquilar una vez al año durante el tradicional «chaccu».

El chaccu es un ritual ancestral que une comunidad, cultura y conexión con la naturaleza. Consiste en cercar humanamente a los animales, esquilarlos sin lastimarlos y devolverlos a su hábitat natural en total libertad. Es un ejemplo perfecto de cómo una técnica milenaria genera valor económico respetando estrictamente el ciclo de la vida.

La contradicción del “progreso”

El contraste en el Altiplano peruano actual es total y desarma cualquier discurso de superioridad histórica:

Por un lado, el modelo extractivista y depredador moderno, heredero de la ambición colonial por los metales preciosos, tiene a 10 000 mineros viviendo al límite de la capacidad humana, respirando gases nocivos y contrabandeando explosivos en La Rinconada. Por el otro, el legado de un pueblo que “hace 1500 años” ya entendía que la riqueza no estaba en secar la tierra, sino en integrarse a ella. Los incas no necesitaban que los “adelantaran”; sus técnicas de subsistencia en la altura eran, y siguen siendo, mucho más avanzadas y humanas que la fiebre del oro que hoy consume la región.

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