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Pagano es el que roba, miente y coloniza, no el que danza la tierra

Por Nahuel Hidalgo

Cada vez que un cuerpo indígena se mueve al ritmo de su propia memoria, alguien desde la elite o la tradición occidental aún susurra la palabra: pagano. No es un término neutral. Es una daga conceptual forjada en el fuego del Concilio de Nicea, afilada en la espada del conquistador y clavada durante siglos en el alma de los pueblos originarios. Llamar “pagano” a una danza ancestral no es un acto de descripción: es un acto de dominación.

Occidente construyó su identidad sobre una dicotomía perversa: lo cristiano civilizado frente a lo pagano bárbaro. Bajo esa lupa, las ceremonias de los pueblos andinos, amazónicos, guaraníes, diaguitas o mapuches fueron reducidas a “ritos idolátricos”. Pero lo que el ojo colonial nunca pudo –ni quiso– ver es que esas danzas eran mapas astronómicos, libros de medicina, códigos de reciprocidad con la tierra y actas de nacimiento de la comunidad. Danzar el Inti Raymi no es adorar un “dios falso”: es recordar que sin sol no hay maíz, y sin maíz no hay vida. Danzar la pachamama no es brujería: es agradecerle al suelo que nos sostiene mientras el colonizador lo ara con sangre.

La hipocresía del discurso colonial es monumental, y lo digo con crudeza: mientras las potencias europeas organizaban orgías de poder en sus cortes, masacraban poblaciones enteras bajo el signo de la cruz, robaban montañas de plata y oro, y traían epidemias como caballos de Troya biológicos, ellos se llamaban a sí mismos “civilización”. Y a los que danzaban en círculo para pedir lluvia, los llamaban paganos. La inversión de la culpa es el mecanismo favorito del imperialismo: acusar de barbarie a quien resiste con su cuerpo y su memoria.

Pero vayamos más al fondo. Lo que está en juego no es una discusión sobre religión. Lo que está en juego es el derecho a existir culturalmente sin pedir permiso. Cuando se fuerza a un pueblo originario a abandonar sus danzas o a disfrazarlas con ropajes cristianos para que sean “tolerables”, se está matando el sistema nervioso de su historia. Una danza no es un adorno folclórico. Es una tecnología de transmisión de conocimiento: allí se enseña la edad del árbol, el ciclo del agua, la memoria de los abuelos, la rebelión silenciosa contra el olvido.

Por eso, la lucha descolonizadora hoy no pasa solo por devolver tierras o reparar masacres. Pasa por devolverle a cada danza su nombre verdadero. Sacarle el estigma de “pagana” y llamarla por lo que es: ritual de vida, pedagogía comunitaria, archivo en movimiento.

Ningún pueblo debe aceptar imposiciones culturales bajo amenaza de ser llamado “atrasado” o “supersticioso”. Porque esa imposición no es un simple desprecio estético: es un intento de completar la conquista por vía simbólica. El colonialismo no terminó cuando se quemaron los ídolos; continúa cada vez que un niño de nuestros pueblos originarios es castigado en la escuela por hablar su lengua o bailar su herencia.

Occidente nos enseñó que pagano era el otro. La historia nos muestra, en cambio, que el verdadero paganismo moral –el del saqueo, la violación sistemática, el etnocidio– lo cometió el hombre blanco con su Biblia en una mano y su latigo en la otra.

Hoy, en Argentina, en Bolivia, en Chile, Perú, en México, en cada rincón de Abya Yala, los cuerpos indígenas vuelven a danzar. No piden permiso. No buscan conversión. Solo piden que dejemos de llamar pagano al que sabe que la tierra es sagrada, mientras llamamos progreso al que la viola.

No más imposiciones. Las raíces no se matan: se defienden con cada paso de danza.

La presentación del artista Milo J en el famoso ciclo Tiny Desk de NPR (Washington DC) es una síntesis perfecta de aquello que describimos. Para los puristas del pensamiento único, subir a un escenario de alcance planetario con un charango, bombos legüeros y una murga uruguaya es un acto “pagano” o, cuando menos, “inapropiado”, un sacrilegio que contamina el altar de la modernidad con ruidos de tierra-. Sin embargo, ese pequeño gran concierto grabado en una oficina fue en realidad una embajada cultural silenciosa, un acto de descolonización simbólica que llevó la memoria profunda de Abya Yala al corazón del antiguo imperio. Mientras algunos se escandalizan porque suena a “abuelo” o a “campo”, Milo J, con su piel marrón y su orgullo de pibe de barrio, transformó el escritorio en un altar sagrado a la vez, repleto de mates, ponchos y el libro del Martín Fierro.

Este acto visibilizó una verdad incómoda para quienes odian y reniegan de la América marron: que nuestra cultura no está muerta, ni es exótica, ni necesita pedir permiso para existir en el mundo. Al llevar la murga, la zamba y la chacarera a las pantallas globales, Milo J ejecutó una rebelión estética. Desnudó el racismo de aquellos que festejan el trap importado pero se avergüenzan del sonido de la tierra que los parió. En ese gesto, lo “pagano” (lo propio, lo ancestral, lo no domesticado por el canon blanco) se vuelve un escudo contra el imperialismo cultural, demostrando que la única imposición inaceptable es la que nos obliga a olvidar quiénes somos.

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