El desafío del peronismo: dejar de hablarle al pasado
Por Fabio Gonzalez – Instituto Generosa Fratassi
La crisis económica ya no es una percepción. Es un dato. Los números están ahí, los cierres de locales también, las colas en los comedores y la gente que perdió el trabajo son la evidencia de un proceso que ya no necesita interpretación. El gobierno de Javier Milei atraviesa su peor momento desde que asumió. Las encuestas marcan una caída libre, el rechazo supera el 53% y seis de cada diez argentinos quieren un cambio. Pero hay una pregunta que el peronismo no puede eludir: ¿qué vamos a ofrecer cuando el descontento toque la puerta? Porque no basta con que el gobierno se caiga. Hay que tener algo firme para construir. Y hoy, desde el campo popular, esa certeza no existe. No es una sensación. Es una realidad.
Tres periodistas coinciden en el diagnóstico: Milei pierde por paliza en las próximas elecciones. Pagni habla de un gobierno que llegó a su momento de verdad. Feinmann asegura que está derrotado, en retirada. Pero también hay otro dato que debería preocuparnos: el 29,4% de los argentinos no sabe a quién votar. No encuentra una alternativa. No encuentra en nosotros una salida. El peronismo está más cerca de alcanzar a Milei en intención de voto que de ofrecer una propuesta clara. Nuestro crecimiento electoral no viene de haber conquistado a los descontentos. Viene de un proceso de concentración del voto opositor. No es un triunfo. Es un refugio.
Y acá viene la autocrítica más dura. Porque el peronismo sigue hablándole a un país que ya no existe. Le habla a la historia, le habla al pasado. Pero no le habla al que necesita una respuesta ahora y hacia el futuro.
Hay una diferencia radical entre recordar y construir. Recordar es mirar hacia atrás. Construir es mirar hacia adelante. Recordar es necesario, porque sin memoria no hay identidad. Pero la memoria no es una estrategia. La memoria no es un programa. La memoria no es un proyecto de país. El peronismo no puede ser un museo de las glorias pasadas. Tiene que ser una fábrica de futuro.
Miremos lo que pasó en otras partes del mundo. Los vietnamitas no vencieron a los norteamericanos mirando el pasado. Los chinos no construyeron la potencia que son hoy mirando la historia. Pelearon por el futuro. Supieron que la batalla no se ganaba en el terreno de la nostalgia, sino en el terreno de la invención. Y nosotros tenemos que aprender esa lección. No se trata de borrar el pasado. Se trata de no quedarnos presos de él. Se trata de usar la historia como trampolín, no como jaula.
El momento que vivimos es de esos que no se repiten. Milei está desgastado, la paciencia social se agotó, la gente perdió el trabajo, el salario no alcanza, el endeudamiento familiar explotó. Pero ese descontento no se traduce automáticamente en apoyo a nosotros. Porque la gente no busca un refugio. Busca una salida. Y si nosotros no somos esa salida, van a seguir buscando. Van a seguir en el vacío. Van a seguir sin saber a quién votar. Y eso es una condena para nosotros y para el país.
No podemos darnos el lujo de esperar que Milei se caiga solo. Porque si solo nos apoyamos en su derrota, cuando él caiga nosotros también vamos a caer. El peronismo no tiene que tener vocación de ser oposición. Tiene que recuperar la vocación de construir poder popular. Construir algo propio. Algo que no sea solo “no ser Milei”. Hay que hablarle a las nuevas generaciones, al que no vivió la historia, al que no vota nostalgia. Tenemos que guiar a los desorientados, acompañar a los que no saben dónde ir, al que busca una salida y no encuentra más que el vacío de este gobierno cipayo.
El peronismo tiene que volver a ser lo que fue: un movimiento que lee su tiempo, que interpreta su época, que construye poder desde el presente y para el futuro. No desde la memoria. No desde la añoranza. No desde la repetición de fórmulas que ya no funcionan. Desde la inteligencia de entender que el mundo cambió, que la Argentina cambió, que la gente cambió. Y que nosotros también tenemos que cambiar.
El mejor homenaje a nuestra historia, a nuestros mártires, a los 30.000 compañeros, a Eva, a Perón, a San Martín, a Belgrano, a Rosa, no es quedarnos mirando el pasado. Es construir lo que ellos soñaron. Es construir la patria grande. Es hacer realidad ese sueño de soberanía, de justicia social, de independencia económica que ellos forjaron con su vida. Ese es el mayor desafío que tenemos por delante: transformar el dolor en victoria, la memoria en proyecto, la historia en futuro.
Para eso necesitamos mayorías. Y para hacer mayoría hay que tener la capacidad de sumar, de convocar, de incluir. No podemos construir poder desde el nosotros contra ellos. Tenemos que construir poder desde el todos. No podemos ser un movimiento que se encierra en su propia memoria, tenemos que ser un movimiento que abraza la realidad de todos los argentinos, incluso de aquellos que hoy no nos votan. Porque la patria grande no se construye con exclusiones. Se construye con abrazos. Y el peronismo, cuando fue grande, supo abrazar.
El momento es ahora. La oportunidad está ahí. No la desperdiciemos. Porque la historia no espera. El futuro no espera. Y el peronismo, si no se anima a mirar hacia adelante, va a seguir siendo una fuerza que no construye poder, sino que lo ve pasar.
