Cuando el cálculo estratégico se viste de soberanía
Por Nahuel Hidalgo
El 3 de septiembre de 2026, Javier Milei se paró frente a las cámaras en cadena nacional y dijo: “Las Malvinas son argentinas, por historia y por derecho. No hay discusión al respecto”. Anunció sanciones a petroleras que operen en el archipiélago, la construcción de una base naval integrada en Tierra del Fuego, un Consejo de Seguridad Nacional y el envío de un proyecto de ley al Congreso para modificar la Ley N° 26.659 y endurecer las penas contra quienes exploten recursos sin autorización argentina. Negó el derecho a la autodeterminación de los isleños, calificándolos como “población implantada en un territorio usurpado”. Y convocó a la “unidad nacional” en la causa Malvinas.
El problema no es lo que dijo. Es lo que dijo antes.
El hombre que admiraba a Thatcher
Este es el mismo Milei que se declaró públicamente “fanático de Margaret Thatcher”, la primera ministra británica que ordenó el hundimiento del ARA General Belgrano. El mismo que defendió el derecho a la autodeterminación de los isleños y que, hasta antes del Mundial, planeaba un viaje a Londres, la primera visita de un presidente argentino en décadas. La oposición, en 2025, presentó un proyecto de repudio en el Congreso por sus declaraciones, en las que afirmaba que “las Malvinas serán argentinas cuando los isleños así lo deseen”.
Ese giro no fue una evolución ideológica. Fue una lectura de tablero.
El detonante: Trump y la bandera
El lunes 1° de septiembre, Donald Trump declaró que no descartaba “revisar” la histórica posición de neutralidad de Estados Unidos sobre las Malvinas. Milei lo leyó como un espaldarazo: el alineamiento incondicional con Washington, que hasta entonces había sido un eje de su política exterior, de repente rendía frutos en el terreno de la soberanía.
El equipo de comunicación de Milei, con Santiago Caputo a la cabeza, captó algo que ningún sondeo podía medir: la bandera de Malvinas que los jugadores de la selección argentina mostraron tras vencer a Inglaterra en la semifinal del Mundial no fue un gesto espontáneo. Fue un acto de soberanía popular que ningún gobierno pudo planificar ni controlar. La FIFA, al sancionar a la AFA con 321.000 dólares por “manifestación no deportiva”, confirmó que el acto era, precisamente, político.
El pueblo ya había movido el tablero
Esa bandera no apareció en el vacío. Llegó justo cuando la Argentina discutía en el Congreso una ley que relajaba los límites para la compra de tierras por parte de extranjeros. La calle respondió con una movilización multitudinaria que incluyó a gremios, organizaciones sociales y sectores de la oposición. El gobierno terminó retirando el capítulo más polémico de la ley, pero la movilización ya había demostrado algo que ningún sondeo podía capturar: había un pueblo dispuesto a defender el territorio.
Ese es el clima de época que el equipo de comunicación de Milei supo leer. El mismo presidente que admiraba a Thatcher entendió que la causa Malvinas, lejos de ser un tema de museo, era una fuerza política viva. Y que la calle, con la Ley de Tierras, ya había mostrado que la conciencia nacional no estaba dormida.
Las herramientas legales que ya existían
El cinismo del giro es evidente. Las herramientas legales que Milei anunció ya existían. La Ley N° 26.659 ya establecía sanciones para compañías que realizaran actividades de exploración o explotación sin autorización argentina. Su gobierno las ignoró durante casi tres años.
Ahora, las sanciones apuntan a empresas como Navitas Petroleum (israelí) y Rockhopper Exploration (británica), que impulsan el proyecto Sea Lion en la cuenca norte de las islas. El argumento de Milei es que si no se actúa, “en pocos meses tendrán la capacidad material de apropiarse de las reservas de petróleo que yacen bajo nuestro mar”.
El problema no es el argumento. Es la oportunidad: recién ahora, cuando Trump presiona a Londres, el gobierno descubre que el petróleo en Malvinas es un problema.
El recurso de la unidad nacional
Milei convocó a la dirigencia “política, económica y social” a mostrar un “frente unido” por Malvinas. El recurso tiene un antecedente dramático: la última dictadura militar también apeló a la causa Malvinas cuando el deterioro económico, la conflictividad y la pérdida de legitimidad arrinconaban al régimen. El dictador Leopoldo Fortunato Galtieri fue el último argentino en creer que Estados Unidos podría ayudar a recuperar las islas.
No es una comparación menor. Milei está haciendo exactamente lo mismo: usando la causa Malvinas como tabla de salvación política en un momento de crisis. Las encuestas marcan una caída libre, el rechazo supera el 53% y seis de cada diez argentinos quieren un cambio. Su programa económico, según sus propias palabras, “nunca funcionó”.
La pregunta estratégica
Desde la filosofía de guerra, la soberanía no se construye con discursos oportunistas. Se construye con acción sostenida, coherencia estratégica y capacidad de disuasión. La base naval en Tierra del Fuego, si se concreta, es una medida de disuasión real. Las sanciones a petroleras, si se aplican, son una herramienta de presión económica. Pero el problema de credibilidad es un activo estratégico que Milei está quemando.
¿Cómo confiar en un presidente que defiende hoy lo que negaba ayer? ¿Cómo creer que estas medidas son parte de un plan de defensa nacional y no una operación de marketing político? La coherencia, en la guerra como en la política, no es un valor agregado. Es una condición de posibilidad.
La verdadera victoria
La bandera de Malvinas en el Mundial no fue un acto espontáneo de patriotismo vacío. Fue una declaración de principios que movió el tablero geopolítico y político. La FIFA lo entendió, el gobierno de Milei lo entendió, y el pueblo argentino lo entendió. La Ley de Tierras fue el complemento perfecto: una demostración de que la conciencia nacional no se limita a los estadios, sino que se expresa en la calle y en la defensa del territorio.
La verdadera victoria no es que Milei haya cambiado de discurso. Es que el pueblo lo obligó a cambiar. La bandera y la calle pusieron la soberanía en el centro de la escena política. Y el gobierno, por más oportunista que sea su giro, ya no puede ignorarlo.
El desafío que sigue es sostener esa presión. Porque la historia enseña que los oportunistas cambian de discurso cuando el viento sopla a favor, y lo cambian de nuevo cuando el viento cambia. La soberanía no se negocia. Se defiende. Y la defensa no se hace con discursos de conveniencia. Se hace con acción sostenida, memoria histórica y conciencia popular.
El resto es ruido.
