Internacional

Una rendición estratégica: cómo Trump convirtió una guerra prometida en el gran triunfo de Irán

Por Nahuel Hidalgo

El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva militar contra Irán con una promesa grandilocuente de Donald Trump: la “rendición incondicional” de Teherán, el desmantelamiento de su programa nuclear y un cambio de régimen. Cuatro meses después, con más de 7.000 muertos en la región y una economía global tambaleante, el mandatario estadounidense firmó un memorando de entendimiento que, a todas luces, representa una capitulación estratégica de Washington.

Antes del primer bombardeo, Estados Unidos ya contaba con el acuerdo nuclear de 2015, que imponía un estricto régimen de inspecciones y limitaba el enriquecimiento de uranio iraní. Las sanciones económicas mantenían a Teherán bajo presión, el Estrecho de Ormuz —arteria del comercio petrolero mundial— operaba con normalidad, e Irán no representaba una amenaza militar inmediata para los intereses norteamericanos en la región. Ese era el punto de partida: un statu quo incómodo, pero manejable, con herramientas diplomáticas y económicas suficientes para contener a la República Islámica sin disparar un solo misil.

El memorando de 14 puntos firmado por Trump ofrece a Estados Unidos, en esencia, una vuelta al escenario anterior a la guerra. Irán reabre el Estrecho de Ormuz, que había cerrado como represalia, pero eso no es una victoria, sino restablecer la normalidad que Trump mismo quebró al iniciar el conflicto. Washington levanta el bloqueo naval a los puertos iraníes, otra concesión que no añade ninguna ventaja nueva. El programa nuclear, esgrimido como casus belli, ni siquiera se resuelve en el acuerdo, sino que se aplaza a sesenta días de conversaciones que podrían extenderse sine die. Y el gobierno de línea dura de Irán sigue intacto: no hubo rendición ni cambio de régimen. El único logro tangible es la reapertura del estrecho, que no es más que el retorno al punto de partida. En palabras del New York Times, Trump terminó aceptando un acuerdo peor o, en el mejor de los casos, igual al que Obama negoció en 2015 y que él mismo calificó como “el peor de la historia”, con la diferencia de que Obama lo logró sin una guerra que dejó miles de muertos y una crisis energética global.

¿Perdió Estados Unidos la guerra? Sí. Y no es una opinión, es un hecho geopolítico. Trump comenzó la guerra prometiendo aniquilar las capacidades militares de Irán, abolir su programa nuclear, tumbar su liderazgo teocrático y liberar a su pueblo, pero no alcanzó ninguno de esos objetivos. Irán sigue en pie, con su gobierno intacto, su programa nuclear pendiente de definición y sus aliados regionales, incluido Hezbolá, integrados en el marco del acuerdo. Estados Unidos sale más endeble —militar, diplomática y económicamente— de lo que estaba al inicio de los ataques. La única “victoria” fue mediática y temporal.

La guerra de cuatro meses no fue un fracaso para todos. La industria petrolera y energética cosechó ganancias extraordinarias cuando el cierre del Estrecho de Ormuz disparó el precio del crudo, con Exxon, Chevron y Shell embolsándose beneficios mientras el mundo pagaba nafta a precio récord. El complejo militar-industrial, encabezado por Lockheed Martin, Raytheon, Boeing y Northrop Grumman, vio multiplicarse sus contratos y acciones, porque las guerras siempre son un negocio redondo para los fabricantes de armas. Wall Street y la banca de inversión también batieron récords de beneficios operando en la volatilidad generada por el conflicto, engrosando sus cuentas mientras las familias estadounidenses sufrían el aumento del costo de vida. Y, por supuesto, el propio Donald Trump se benefició políticamente: el estallido bélico llegó en el momento exacto para sepultar los titulares sobre la desclasificación de documentos del caso Epstein, que vinculaban al mandatario con la red de explotación sexual del magnate. Una encuesta reveló que el 52% de los estadounidenses cree que la guerra fue una maniobra para desviar la atención de esos escándalos, y el propio líder supremo de Irán, Jamenei, lo señaló en redes sociales tildando a Trump de “isla de corrupción”. Además, el conflicto le permitió vestir el traje de “presidente de guerra” en pleno año electoral, justo cuando las críticas por su gestión económica arreciaban.

Irán, en cambio, emerge de esta contienda en una posición estratégica más sólida que antes del primer bombardeo. El acuerdo le garantiza un alivio inmediato de sanciones, con exenciones para vender petróleo y combustible, además de facilidades bancarias y de transporte para agilizar las transacciones. Teherán recupera el acceso a 24.000 millones de dólares que estaban congelados en el exterior y se beneficia de un plan regional de 300.000 millones de dólares para la reconstrucción y el desarrollo económico que fluirá directamente hacia sus arcas. A nivel internacional, Irán negocia en pie de igualdad con la superpotencia estadounidense y logra que sus aliados, como Hezbolá y Líbano, sean incluidos en el acuerdo. Su programa nuclear no se desmantela, solo se aplaza, por lo que conserva su capacidad de enriquecimiento y su arsenal de misiles. Pero quizás lo más importante es la victoria moral y política: los líderes iraníes presentan el acuerdo como un triunfo de la resistencia, porque sobrevivieron a la mayor potencia militar del mundo sin rendirse, sin cambiar de régimen y sin desmantelar su programa atómico.

Donald Trump inició una guerra prometiendo la rendición incondicional de Irán y la terminó firmando un acuerdo que le otorga a Teherán todo lo que exigía y a Washington casi nada de lo que prometió. El Estrecho de Ormuz se reabre, pero ya estaba abierto; el programa nuclear se negocia, pero ya se negociaba; Irán sigue en pie, con su gobierno intacto y su poder regional fortalecido. Estados Unidos, en cambio, gastó miles de millones, perdió vidas humanas y prestigio internacional, y solo alimentó el bolsillo de la industria petrolera, el complejo militar-industrial y Wall Street. La única “conquista” de Trump fue mediática: desviar la atención de los escándalos de Epstein y ofrecer un espectáculo bélico a su base electoral. Pero en el tablero geopolítico real, Irán ganó la partida, Estados Unidos perdió la guerra y Trump, el presidente que prometió ser el más duro con Irán, terminó haciendo el mejor negocio que Teherán podía haber soñado.

Milei y la costumbre de ser un fracaso que apoya a un fracasado

Javier Milei no se limitó a observar el desastre geopolítico desde Casa Rosada: se subió al escenario con entusiasmo. Declaró su “apoyo total y absolutamente el accionar de Estados Unidos e Israel”, calificó a Israel como “el bastión de Occidente” y, ante un auditorio en Nueva York, sentenció que “Irán es nuestro enemigo” y que Argentina “está en guerra” con la república islámica. Su canciller, Pablo Quirno, profundizó el alineamiento al declarar “organización terrorista” a la Guardia Revolucionaria iraní, expulsar al encargado de negocios de Teherán en Buenos Aires y anticipar, ante la consulta sobre un eventual envío de tropas, que “en la medida que necesiten apoyo nuestro, está claro dónde vamos a estar parados”. Con esta deriva, Argentina rompió con décadas de neutralidad heredadas de la Doctrina Drago para convertirse en el único país de América Latina que respaldó activamente una guerra que ni siquiera sus aliados de la OTAN quisieron secundar. Teherán ya reaccionó con advertencias sobre “posibles consecuencias” y calificó el accionar de Buenos Aires como una “línea roja”. Mientras la población argentina rechaza mayoritariamente involucrarse en este conflicto ajeno, el gobierno no solo empobrece a su pueblo con un ajuste feroz, sino que además expone al país a represalias impredecibles en un escenario que nada tiene que ver con los intereses nacionales. Quirno, lejos de moderar el desvarío, lo legitima con tecnicismos diplomáticos que no logran ocultar la ausencia de una estrategia autónoma. El presidente que prometió sacar a Argentina del mundo para arreglar la economía terminó metiendo al país en una guerra que no es suya, demostrando una vez más que la improvisación y el desconocimiento geopolítico reemplazan a la prudencia. El precio, como siempre, lo paga un pueblo que ya tiene suficiente con sus propias crisis.

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