El imperio que incendia el mundo: Estados Unidos e Israel y la destrucción de la estabilidad global
El precio del diésel en Estados Unidos acaba de superar los 6 dólares por galón, un récord histórico. No es una anécdota. Es el termómetro de una crisis que el propio imperio desató y que ahora amenaza con arrastrar al mundo entero. Detrás de cada aumento, detrás de cada cadena de suministro rota, detrás de cada economía periférica que se desmorona, hay una decisión política: la guerra de Washington contra Irán, diseñada y alentada por Israel, está incendiando el tablero global.
La guerra que nadie votó
Estados Unidos lanzó una guerra contra Irán sin medir las consecuencias. No lo hizo por seguridad nacional. Lo hizo para sostener la hegemonía del dólar, para proteger los intereses del complejo militar-industrial y para cumplir con la agenda expansionista de Israel en Medio Oriente. El resultado está a la vista: el estrecho de Ormuz, por donde pasa una quinta parte del petróleo mundial, está bloqueado de hecho. El estrecho de Bab el-Mandeb, controlado por la resistencia yemení, es una ruta vedada para los buques vinculados a Israel y sus aliados. Las dos principales arterias energéticas del planeta están comprometidas al mismo tiempo, y el sistema económico global no tiene un plan B.
El diésel récord en Estados Unidos es solo el síntoma más visible. Lo que viene es peor: inflación descontrolada, tasas de interés disparadas, recesión en las economías centrales y un golpe brutal a los países del Sur Global que importan combustible y no tienen cómo pagarlo.
Israel, el arquitecto silencioso
No se puede hablar de esta crisis sin nombrar a Israel. Fue Tel Aviv quien presionó durante años para que Washington atacara a Irán. Fue Israel quien sabotizó las negociaciones nucleares, quien asesinó a científicos iraníes, quien bombardeó instalaciones civiles en Gaza, Líbano, Siria y Yemen. Y es Israel quien hoy se beneficia del caos: cada barril de petróleo que sube, cada ruta marítima que se cierra, cada economía que se tambalea, debilita a sus adversarios regionales y fortalece su posición como gendarme del imperio en Medio Oriente.
La entidad sionista no es una víctima. Es el arquitecto silencioso de una guerra que está destruyendo la estabilidad global. Y Estados Unidos, lejos de ser un actor independiente, actúa como su brazo armado. La alianza entre Washington y Tel Aviv no es una sociedad entre iguales: es una relación de dependencia mutua donde Israel define los objetivos y Estados Unidos pone los muertos, el dinero y la destrucción.
El Sur Global paga la cuenta
Mientras el diésel alcanza récords en Estados Unidos, en África, América Latina y el sudeste asiático los precios de los alimentos se disparan porque el transporte se volvió impagable. Los países que no producen petróleo ven cómo sus importaciones energéticas se encarecen, cómo sus monedas se devalúan, cómo sus pueblos se empobrecen. La crisis no la provocaron ellos. La provocó un imperio que decidió incendiar Medio Oriente para sostener su decadencia.
La deuda externa de los países del Sur Global se vuelve impagable cuando el dólar se fortalece y el petróleo sube. Los programas sociales se recortan para pagar la factura energética. La inflación importada golpea a los más pobres. Y todo esto ocurre mientras Estados Unidos e Israel siguen bombardeando, invadiendo y bloqueando, sin rendir cuentas ante nadie.
El cinismo de Occidente
Los mismos medios que hoy titulan “precios del diésel en récord” son los que ayer justificaban la guerra contra Irán. Los mismos analistas que hoy hablan de “estabilidad económica global en riesgo” son los que aplaudían las sanciones, los bloqueos y las invasiones. Occidente no tiene autoridad moral para hablar de estabilidad cuando es el principal responsable de la desestabilización.
La guerra contra Irán no es una guerra defensiva. Es una guerra de agresión, como lo fue la de Irak, como lo fue la de Libia, como lo es la de Gaza. Y como todas las guerras de agresión, termina destruyendo a los agresores y a sus víctimas. La diferencia es que esta vez el daño se extiende a todo el planeta.
La resistencia como respuesta
Frente a este panorama, la única respuesta posible es la resistencia. La resistencia de Yemen, que controla Bab el-Mandeb y le dice al imperio que no puede pasar. La resistencia de Irán, que bloquea Ormuz y demuestra que la soberanía no se negocia. La resistencia de los pueblos del Sur Global, que se organizan para construir alternativas al orden imperial.
No se trata de romantizar la guerra. Se trata de entender que mientras exista un imperio que decide invadir países soberanos, la estabilidad global será una ficción. La paz no se construye con bombas. La paz se construye con justicia, con soberanía, con respeto al derecho internacional. Y eso es exactamente lo que Estados Unidos e Israel no están dispuestos a aceptar.
El imperio no tiene futuro
El diésel a 6 dólares en Estados Unidos es una señal. No de debilidad, sino de agotamiento. El imperio está perdiendo el control. Ya no puede imponer su voluntad sin destruir la economía global. Ya no puede sostener sus guerras sin hundir a sus propios ciudadanos. Ya no puede pretender liderar el mundo mientras incendia el tablero.
La crisis que hoy golpea a Estados Unidos es la consecuencia lógica de décadas de agresión imperial. Y mientras el imperio se desangra, los pueblos del Sur Global siguen resistiendo, construyendo, avanzando. Porque la historia no la escriben los que bombardean. La escriben los que luchan por un mundo donde la estabilidad no sea un privilegio de los poderosos, sino un derecho de todos.
