Politica

El abrazo eterno: Mayra Mendoza visitó a Dora, una vecina de Quilmes que vio a Evita y guarda su legado

Por Nahuel Hidalgo

Era 1952 y Dora tenía 15 años. Ese día, la Plaza de Mayo era un mar de cabezas, de pañuelos y de llanto contenido. Eva Perón había muerto y la joven Dora estaba ahí, apretando las manos, como miles de mujeres y hombres que despedían a quien les había devuelto la dignidad en apenas un puñado de años. Hoy, 74 años después, Dora tiene 89 y vive en Quilmes. Y ayer, en el Día de los Abuelos, recibió en su casa a la diputada provincial Mayra Mendoza, que no fue a hacer un acto ni a sacarse una foto: fue a tomar mates y a escuchar.

La anécdota es íntima pero el gesto es profundamente político. Porque Evita no es una estatua ni un cuadro en una unidad básica. Evita es, ante todo, el recuerdo vivo de los que la vieron, la tocaron, la lloraron. Y mientras haya una vecina como Dora que la conserve en su memoria, Evita no se habrá ido del todo.

La razón de un amor

¿Por qué una adolescente de 15 años iba a la plaza a despedir a una mujer que no conocía personalmente? Porque Eva Duarte de Perón no era una figura lejana: era la que había hecho carne el sufrimiento de los humildes. La que se plantó frente a la oligarquía y le dijo “no”. La que construyó hospitales, hogares de ancianos, escuelas y colonias de vacaciones. La que impulsó el voto femenino y les dijo a las mujeres que no eran ciudadanas de segunda. La que murió a los 33 años, consumida por una enfermedad y por el odio de los poderosos que nunca le perdonaron que se hubiera puesto del lado de los débiles.

Dora lo sabía. Como lo sabían las miles de mujeres que hicieron cola para donar sangre cuando Evita agonizaba. Como lo sabían los ancianos que por primera vez tuvieron un lugar donde dormir sin miedo. Como lo sabían los trabajadores que pudieron sindicalizarse sin que los echaran a patadas. Esa memoria no es una abstracción: es una experiencia concreta que Dora conservó durante siete décadas y media y que ayer compartió con Mayra Mendoza en su living, mientras el mate pasaba de mano en mano.

La vigencia de un legado

Mayra Mendoza no fue a la casa de Dora a hablar del pasado. Fue a hablar del presente y del futuro. Porque el peronismo, cuando es fiel a sus orígenes, no se aferra a los símbolos como un relicario vacío: los pone a trabajar en el tiempo que le toca vivir. Y en este tiempo, defender los derechos sociales que Evita ayudó a conquistar es una tarea urgente.

“Las convicciones que nos transmiten estos vecinos históricos demuestran que el recuerdo de Evita sigue vivo en la comunidad”, dijo la diputada. Y agregó que la defensa de esos derechos no puede ser declamativa: requiere militancia, requiere unidad partidaria, requiere poner el cuerpo en los barrios, donde la crisis golpea más fuerte.

La visita de Mayra a Dora no fue, por eso, un acto protocolor ni una postal nostálgica. Fue un recordatorio de que Evita no es un mito congelado en 1952, sino una llama que enciende cada vez que alguien se acuerda de los que no tienen quién los defienda. Y fue también una reafirmación de que el peronismo, cuando deja de lado las internas y se abraza a su pueblo, sigue siendo la herramienta más poderosa para transformar la realidad.

Un puente entre generaciones

Dora tenía 15 años cuando despidió a Evita. Hoy Mayra tiene 40 y gobierna el municipio donde Dora envejeció. Entre aquellas manos apretadas en la plaza y estos mates compartidos en una casa de Quilmes hay un hilo que no se rompió: la certeza de que la patria se construye todos los días, con cada derecho que se defiende y con cada historia que se transmite.

Evita dijo alguna vez que “donde hay una necesidad, hay un derecho”. Setenta y cuatro años después, las necesidades cambiaron pero el principio sigue intacto. Y mientras haya dirigentes que se sienten a escuchar a las Dora de cada barrio, y mientras haya vecinas que recuerden por qué vale la pena seguir militando, el peronismo tendrá futuro. No por los sellos ni por los cargos, sino por la memoria viva de los humildes que, como Evita, nunca se rinden.


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