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Samuel L. Jackson, el Racismo y Malvinas: la cortina de humo perfecta contra la soberanía

La imagen le dio la vuelta al mundo. No fue un gol, fue una bandera. En plena semifinal del Mundial, los jugadores argentinos desplegaron el paño celeste y blanco con la silueta de las Islas Malvinas. Fue un desafío directo al establishment. Un gesto de soberanía popular en el evento más globalizado del planeta. Millones de personas que no sabían del reclamo argentino, de repente, lo vieron en primer plano.

La respuesta del poder global no se hizo esperar. Como un mecanismo de relojería, empezó una campaña de desprestigio. Samuel L. Jackson y otras celebridades que jamás pisaron suelo argentino comenzaron a replicar una narrativa de “racismo”. No es un dato menor: todos repitieron lo mismo, al mismo tiempo. Es una técnica de manual. Se llama “cortina de humo”.

¿Cómo funciona? Frente a un hecho que no pueden controlar (la visibilización de Malvinas), crean un ruido ensordecedor que obliga a todos a mirar para otro lado. Te acusan de algo falso y escandaloso. Te obligan a defenderte, a dar explicaciones, a pedir disculpas. Y mientras vos estás ocupado demostrando que no sos racista, ellos te sacan el foco de lo que realmente importa: la disputa por la soberanía territorial y los recursos del Atlántico Sur.

La trampa

Argentina no es un país racista. Los indicadores de discriminación lo confirman, incluso en comparación con Estados Unidos. La acusación, por ridícula que parezca, está diseñada para generar indignación masiva. Quieren que nos enojemos, que caigamos en la trampa del debate estéril. ¿Por qué? Porque si estamos discutiendo sobre racismo, no estamos hablando de la militarización británica de las Islas, de la explotación ilegal de nuestros recursos ictícolas y petroleros, ni del gesto heroico de nuestros futbolistas.

Es una operación quirúrgica para vaciar la agenda. Mientras el mundo debate si somos o no racistas, el Reino Unido sigue construyendo un puerto en Puerto Argentino y realizando ejercicios militares. La agenda soberana queda sepultada bajo una montaña de acusaciones falsas.

La respuesta: Soberanía, no culpa

No podemos caer en la trampa de explicar lo que no necesita explicación. No tenemos que salir a demostrar que somos un país integrado y diverso (que lo somos). Tenemos que salir a defender lo que es nuestro.

La próxima vez que una celebridad internacional quiera venir a darnos lecciones de moral, la respuesta no debe ser un hilo de 20 tuits con estadísticas de diversidad. La respuesta tiene que ser un muro de soberanía. Una sola frase. Un solo concepto.

“Las Malvinas son Argentinas”.

Que nos acusen de lo que quieran. Que se escandalicen por lo que inventen. Nosotros no vamos a soltar nuestra bandera. No nos van a hacer olvidar lo que los pibes nos recordaron en la cancha: Malvinas es el corazón de la Patria. Y lo demás, es ruido.

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